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A lo largo del ciclo de vida la familia tiene que afrontar diversas demandas individuales, familiares y externas, que son generadoras de tensión. Los diferentes niveles de tensión que vive la familia en cada momento del ciclo evolutivo, van a variar en función de los factores desencadenantes y de los recursos que posea la familia para hacerles frente (Gimeno, 1999a). Por lo tanto, la familia no es una entidad estática, sino que está en proceso de cambio continuo. De hecho, el cambio es la norma, y una observación prolongada de cualquier familia revela fluctuación constante y muy probablemente más desequilibrio que equilibrio. La familia no puede mantener indefinidamente el mismo equilibrio. Es natural que la familia atraviese periódicamente crisis o fases de desestabilización (Novel & Tarrago, 1991)(Abaitua & Ruiz, 1990; Novel & Tarrago, 1991).
Existen varias definiciones de crisis familiar. Desde el Modelo ABC-X, el cual ha constituido la teoría de estrés familiar dominante durante casi medio siglo la crisis sería el factor X y ha sido definido como “Cualquier cambio fuerte y decisivo para el cual los antiguos patrones son inadecuados”. Por otra parte, la Teoría de los Sistemas, la cual considera a la familia como un sistema social, establece la crisis como interrupciones en la rutinaria operatividad del sistema social de la familia. Cuantas menos interrupciones haya en el sistema se considerará que la crisis es menos severa, y por lo tanto a más interrupciones mayor será ésta (Nicolás, 1998). Para Gimeno (Gimeno, 1999a) la crisis es una situación de conflicto, pero con una tensión más elevada, de mayor impacto en la vida familiar y que se experimenta en un periodo relativamente breve, unas semanas o quizá meses. Para esta autora, en los periodos de crisis se desestabiliza el sistema familiar y se plantea la necesidad de cambios y reestructuraciones profundas. Yo resumiría las anteriores definiciones diciendo que la crisis es una situación nueva, la cual va a provocar cambios, en la que fallan los mecanismos habituales para resolver el problema, por lo tanto, precisa de cierto trabajo adaptativo por parte de las personas implicadas en ella.
Una pregunta que se han formulado numerosos autores, relacionada con las crisis familiares, es: ¿por qué algunas familias parecen ajustarse a las actividades estresantes con una mínima dificultad, mientras otras sufren y se deterioran al no poder adaptarse con facilidad y encontrar grandes dificultades? Es decir, qué familias, bajo qué condiciones, usando qué recursos y comportamientos de afrontamiento son capaces de adaptarse de forma adecuada a las situaciones estresantes.
A la pregunta anterior se puede contestar diciendo que no hay un único factor determinante de un mayor o menor desajuste familiar ante una situación de crisis, sino que son varios factores íntimamente relacionados (Nicolás, 1998). Algunos de estos factores son: adaptabilidad familiar, cohesión familiar[1]; experiencia previa de éxito con crisis, contar y ofrecer apoyo, intercambio de información, expresión de sentimientos y emociones y la escucha a los miembros de la familia.
Un ejemplo de crisis familiar puede estar provocado por la enfermedad, de uno de sus miembros. Como toda crisis va acompañada de una cierta desorganización. La enfermedad de un miembro de la familia afecta, en mayor o menor medida, a todos los demás y produce cambios, lo cual conlleva cierto trabajo adaptativo por parte de las personas implicadas. No todas las familias responden igual ante una crisis, ya que esta respuesta va a depender, como he indicado anteriormente, de varios variables como, por ejemplo: el tipo de enfermedad y la evolución, las creencias de la familia, el nivel de comunicación, las tensiones familiares, el tipo de apoyo y la flexibilidad de los miembros para hacer frente a los cambios.
Como profesionales de la salud debemos tener en cuenta que muchas veces: la enfermedad, el nacimiento, la muerte, la vejez o el embarazo de un miembro de la familia no afecta sólo a la persona que acude a nosotros en busca de ayuda profesional. En la mayoría de los casos, detrás de este paciente hay una familia que puede estar sufriendo una crisis. También nos podemos encontrar con pacientes solos, que carecen de apoyos familiares, aquí no podemos decir que se produzca una crisis familiar pero, como indica Novel y Tarrago (Novel & Tarrago, 1991), la persona que debe superar la crisis sola o con apoyos limitados está en una situación más vulnerable y tiene menos probabilidades de resolverla con éxito.
[1] Con relación a la cohesión, algunos autores (Gimeno, 1999b) (Ríos, 1998) indican que los valores intermedios de cohesión son mejores indicadores de competencia familiar y van asociados a una mayor capacidad de resolver conflictos que los valores extremos. Las posiciones extremas en cohesión pueden ser funcionales, pero siempre que los miembros estén satisfechos con estas expectativas (Gimeno, 1999b). Un exceso de cohesión puede producir en el grupo familiar una rigidez que dificulta la individualización entendida como la autonomía constructiva de cada miembro del sistema familiar (Ríos, 1998).