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1.1.2 La clasificación de los seres vivos y su nombre científico

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El biogeógrafo se interesa por la distribución geográfica y por la forma de relacionarse los distintos seres vivos. Para ello es necesario que éstos dispongan de un nombre y estén perfectamente diferenciados, clasificados y agrupados por categorías.

La TAXONOMIA (del griego ταξις, taxis, "ordenamiento", y νομος, nomos, "norma") es la ciencia (o la parte de la ciencia) que se ocupa de hacer el inventario, descripción inicial y clasificación de los seres vivos (o de cualquier otra cosa).

El objetivo de la taxonomía es proporcionar una clasificación que agrupe a todos los organismos conocidos en un sistema jerarquizado de categorías, desde las más generales (“reino animal”) hasta las más concretas (perro de “raza caniche”). Todas estas categorías, que deben ser coherentes y resultar útiles a los investigadores, reciben el nombre de “taxones” (o “táxones”). 

La jerarquía de unidades taxonómicas que se ha utilizado normalmente a lo largo del último par de siglos incluye varias categorías principales entre las que pueden intercalarse otras “secundarias” que van precedidas por prefijos como “sub”, “infra” o “super” (“subespecie”, “superclase”…). 

 

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Categorías taxonómicas a las que pertenece la especie humana. 

NOTA: para facilitar su comprensión los nombres de los taxones aparecen en español.

Fuente: elaboración propia.

 

 

No obstante, muchas de estas unidades taxonómicas se han ido creando a partir de la simple observación de diferencias morfológicas entre grupos de organismos ya descritos y comportan mucha arbitrariedad por lo que no siempre resultan aplicables ni “encajan” con las nuevas propuestas de filiaciones que, basadas en la genética, se están proponiendo en los últimos años. 

La taxonomía, así como su nomenclatura asociada, deben atenerse a una serie de normas. Por ejemplo,

  • Los taxones se designan mediante nombres latinos o latinizados (aunque los términos tengan su origen en otro idioma).
  • Las unidades elementales (individuos) deben reunirse por afinidades en un cierto número de conjuntos que, a su vez, se agrupan en conjuntos de orden superior y así sucesivamente hasta abarcar todos los seres vivos. 
  • Ningún individuo o grupo puede aparecer más de una vez en el sistema taxonómico (un animal puede ser gato o perro pero no los dos al mismo tiempo).

Sin embargo, las nomenclaturas botánica, zoológica y bacteriológica son independientes y cada una se rige por su propio código lo que permite que un mismo nombre pueda ser utilizado para una planta, un animal o una bacteria.

 

Todos los seres vivos pertenecen a una u otra categoría taxonómica y tienen (o deberían tener) una única designación científica con la que son conocidos en todo el mundo con independencia del idioma de cada región. 

La utilización de los nombres científicos no es posible en el lenguaje coloquial pero resulta imprescindible en el científico para evitar confusiones: la palabra “roble” designa varias especies distintas de árboles que, sin salir del territorio español y dependiendo de los casos y de las regiones, pueden ser también conocidos como ametza, cagiga, carballo, haritz, marojo, melojo, pènol, reboll, rebollo, roure, tozo, etc. Sin embargo, la expresión “Quercus robur” despeja cualquier duda sobre la especie concreta de la que se está hablando y puede ser entendida sin dificultad por personas que hablen cualquier otro idioma diferente al nuestro.

De acuerdo con la nomenclatura binominal que propuso Linneo en el siglo XVIII (y que se ha mantenido hasta hoy) cada especie animal o vegetal se designa mediante un binomio que comporta dos palabras latinas

  • la primera designa el género (y, por tanto, es compartida por todas las especies del mismo género)
  • la segunda diferencia a la especie y suele ser un adjetivo que evoca alguna de sus características o propiedades distintivas. 

 

Así, es frecuente que el nombre de la especie se refiera 

  • al color (albus: blanco; viridis: verde; luteus: amarillo, etc.), 
  • al origen (africanus; canariensis; cantabricus; alpinus; ibericus, etc.), 
  • al hábitat (arenarius; campestris; domesticus; fluviatilis, etc.),
  • a su carácter o aspecto (gigantea, ferocissimus; horridus; spinosus, etc) 

No obstante, también ocurre que los descubridores de una especie decidan su nombre atendiendo a cualquier otro criterio y lo utilicen para homenajear a una persona, recordar una circunstancia determinada, gastar una broma o hacer un chiste (sin contar los que alimentan su propia vanidad bautizando a todas las especies con su propio apellido). Así, “Leonardo davinci” es el nombre de una polilla, mientras que otra especie del mismo grupo recibió el nombre de “La cerveza” y "Abra cadabra" es una almeja. 

En la nomenclatura binomial, el primer término (el que designa al género) se escribe siempre con la primera letra en mayúscula mientras que el segundo (el adjetivo específico) va en minúscula. Ambas palabras se escriben obligatoriamente en cursiva. Por fin, en algunos casos puede ser conveniente que, al menos la primera vez que se cita, el nombre científico de una especie vaya seguido del apellido de la persona que la definió (la "autoridad") y del año en que se hizo. Así, la forma correcta de designar al ratón doméstico es “Mus musculus Linnaeus, 1758”.

Por debajo del nivel de la especie existen algunas categorías más (subespecie, variedad, raza…) aunque su utilización es menos frecuente. En estos casos se utiliza una nomenclatura trinomial añadiéndose un tercer término a los dos que servían para designar la especie. 

Por ejemplo, el perro y el lobo pertenecen a una misma especie (Canis lupus). Sin embargo, la práctica, se comportan como animales distintos y plantean problemas totalmente diferentes por lo que necesitamos separarlos. Para ello es preciso “bajar” hasta el nivel de la subespecie donde el perro queda diferenciado como Canis lupus familiaris

En las categorías superiores a la de la especie los nombres constan de una sola palabra y se escriben siempre con la primera letra en mayúsculas (aunque sin utilizar la cursiva en los niveles superiores al género). 

 

El nivel taxonómico más importante en Biogeografía es el de la especie, concepto muy extendido y aparentemente fácil de entender que se ha integrado en el lenguaje coloquial y que resulta por ello difícil de revisar pese a que plantea bastantes problemas a la luz de los conocimientos actuales. 

Tradicionalmente se ha considerado que una especie está constituida por un conjunto de individuos con suficiente afinidad como para poder reproducirse generando una descendencia viable. Tal definición sigue siendo útil para los animales ya que en su caso los intercambios interespecíficos son muy raros pero en las plantas la hibridación entre individuos de especies próximas es muy frecuente y la diferenciación, que a veces resulta difícil, hace necesario incorporar otros criterios. Por fin, en el caso de los demás grupos biológicos, sobre todo en el caso de los microorganismos, el concepto requiere un replanteamiento. 

De un modo u otro, frente al sistema tradicional basado en la existencia de categorías bien diferenciadas tiende a imponerse la idea de que la vida forma un continuo con límites muy difusos y en el que los distintos grupos de seres se diferencian por su mayor o menor distancia genética. Así, sabemos que la reproducción puede tener éxito cuanto mayor sea la afinidad genética pero el límite de la viabilidad reproductiva no está siempre claro. De este modo, la hibridación es posible entre especies próximas (por ejemplo entre el león y el tigre, Panthera leo y P. tigris respect. o entre la yegua y el burro, Equus ferus y E. africanus respect.) aunque la descendencia suele ser estéril.

El genoma muestra diferencias del orden de un 1‰ dentro de la especie humana y del 10‰ entre ella y el chimpancé) ¿A partir de qué diferencia se puede considerar que estamos ante dos grupos de seres distintos? O ¿a partir de qué distancia nos interesa establecer nuestra base de trabajo?

El número de especies conocidas en la actualidad se sitúa entre 1,5 y 2 millones:

  • Animales: 1.300.000 (de los cuales 1.000.000 son insectos)
  • Plantas: 300.000
  • Hongos: 100.000
  • Protistas (unicelulares con núcleo diferenciado): 55.000
  • Bacterias: 10.000
  • Arqueas: 300

Sin embargo, estas cifras son puramente orientativas, cada año se describen unas 10.000 especies nuevas y se estima que podría haber entre 5 y 50 millones. En realidad, se puede considerar que la fauna superior es bien conocida y que los árboles lo son medianamente pero estamos muy lejos de poder hacer ni una simple estimación del número de las especies inferiores (desde los insectos a los microorganismos).

Los individuos de una misma especie se agrupan formando poblaciones, concepto imprescindible para la gestión de la fauna flora y de gran importancia en Biogeografía. La población también plantea algunos problemas conceptuales aunque suele definirse como tal el conjunto de individuos de una misma especie que ocupa una región geográfica definida y con capacidad de interactuar entre sí. 

El tamaño de las poblaciones es muy variado y puede ir desde un individuo hasta muchos millones. Por otra parte, las poblaciones pueden mantenerse desde algunas semanas hasta miles de años y poseer niveles muy distintos de diversidad genética.

Copyright 2014, por los autores de los cursos. Cite/attribute Resource. Codron, J. C. G., Codron, J. C. G. (2011, June 28). 1.1.2 La clasificación de los seres vivos y su nombre científico. Retrieved April 24, 2014, from OCW Universidad de Cantabria Web site: http://ocw.unican.es/ciencias-sociales-y-juridicas/biogeografia/materiales/tema-1/1.1.2-la-clasificacion-de-los-seres-vivos-y-su. Esta obra se publica bajo una licencia Creative Commons 4.0. Creative Commons 4.0