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Texto de Tito Livio. Ab urbe condita

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Los hechos previos a la fundación de Roma o, incluso, a que se hubiese pensado en fundarla, cuya tradición se basa en fabulaciones poéticas que los embellecen, más que en documentos históricos bien conservados, no tengo intención de avalarlos ni de desmentirlos. Es ésta una concesión que se hace a la antigüedad: magnificar, entremezclando lo humano y lo maravilloso, los orígenes de las ciudades; y si a algún pueblo se le debe reconocer el derecho a sacralizar sus orígenes y a relacionarlos con la intervención de los dioses, es tal la gloria militar del pueblo romano que su pretensión de que su nacimiento y el de su fundador se deben a Marte más que a ningún otro la acepta el género humano con la misma ecuanimidad con que acepta su dominio.

Pero ni de estos extremos ni de otros similares, como quiera que se los mire o se los valore, voy a hacer mayor cuestión. Estos otros son, para mí, los que deben ser centro de atención con todo empeño: cuál fue la vida, cuáles las costumbres, por medio de qué hombres, con qué política en lo civil y en lo militar fue creado y engrandecido el imperio; después, al debilitarse gradualmente la disciplina, sígase mentalmente la trayectoria de las costumbres: primero una especie de relajación, después cómo perdieron base cada vez más y, luego, comenzaron a derrumbarse hasta que se llegó a estos tiempos en que no somos capaces de soportar nuestros vicios ni su remedio.

 

TITO LIVIO, Ab urbe condita, Prefacio, 6-9

Traducción de J. A. Villar Vidal. Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Libros I-III. Gredos, Madrid, 1990

 

 

1. Eneas, de Troya a Italia. Orígenes del pueblo latino. Muerte de Eneas.

Para empezar, está comúnmente admitido que, después de la conquista de Troya, hubo un ensañamiento contra todos los troyanos; únicamente dos, Eneas y Anténor, en razón del derecho de una antigua hospitalidad y por haber sido siempre partidarios de la paz y la devolución de Helena, fueron eximidos por los griegos de la aplicación de cualquier ley de guerra. Después, su destino fue diverso. Anténor y una multitud de vénetos que habían sido expulsados de Paflagonia en un levantamiento y andaban buscando asiento y jefe, tras haber perdido a su rey Pilémenes ante los muros de Troya, llegaron al más recóndito entrante del mar Adriático, desalojaron a los eugáneos que habitaban entre el mar y los Alpes, y vénetos y troyanos ocuparon aquella zona. El lugar en que saltaron a tierra se llama Troya, y troyana desde entonces se denomina la comarca; los habitantes, todos ellos, se llaman vénetos. Eneas, exiliado de su patria a causa del mismo desastre, pero impulsado por el destino hacia proyectos de mayor alcance, llegó primero a Macedonia, de allí fue empujado a Sicilia en busca de asiento, de Sicilia se dirigió por mar a las tierras laurentinas. También este lugar se llama Troya. En él desembarcaron los troyanos y, como andaban saqueando en los campos, pues nada, aparte de las armas y las embarcaciones, les había quedado de su vagar casi interminable, el rey Latino y los aborígenes, dueños entonces de aquellos parajes, llegan corriendo armados desde la ciudad y los campos para repeler la agresión de los intrusos. A partir de aquí la tradición se bifurca. Unos sostienen que Latino, derrotado, hizo un convenio de paz y, después, se unió en parentesco con Eneas. Otros que, cuando los ejércitos estaban frente a frente, antes de sonar la señal, Latino avanzó a primera línea y citó a una entrevista al jefe de los extranjeros; que preguntó, acto seguido, quiénes eran, de dónde, por qué circunstancia habían marchado de su patria y con qué objeto habían desembarcado en territorio laurentino, y que al oír que todos aquellos hombres eran troyanos, que su jefe era Eneas, hijo de Anquises y Venus, y que exiliados de su tierra tras la reducción a cenizas de su patria, buscaban asiento y lugar para fundar una ciudad, quedó impresionado ante un pueblo y un hombre tan nobles y ante una entereza por igual dispuesta a la paz que a la guerra, y tendió la mano a Eneas como aval de su futura amistad. Acordaron, a continuación, un tratado los jefes, se saludaron los ejércitos y Eneas fue huésped en casa de Latino. Allí, ante los dioses penates, añadió Latino a la alianza pública otra de familia, al concederle a Eneas a su hija en matrimonio. Este acontecimiento afianza, sin duda, en los troyanos la esperanza de poner término, al fin, a su peregrinar con un asentamiento estable y seguro. Fundan una ciudad; Eneas la llama Lavinio, por el nombre de su mujer. Pronto hubo descendencia del nuevo matrimonio, un varón, al que sus padres pusieron el nombre de Ascanio.

Se vieron, después, aborígenes y troyanos atacados en una guerra. Turno, rey de los rútulos, al que había estado prometida Lavinia antes de la llegada de Eneas, llevó a mal el que se le hubiese pospuesto a un extranjero y declaró la guerra a Eneas y Latino simultáneamente. Ninguno de los dos bandos salió contento de aquella confrontación: los rútulos fueron vencidos; los aborígenes y troyanos, vencedores, perdieron a su jefe, Latino. Entonces, Turno y los rútulos, desconfiando de la situación, buscan la acogida de los etruscos, pujantes y prósperos, y de su rey Mecencio. Ejercía éste el poder en Cere, ciudad opulenta por entonces, y ya desde un principio no le había alegrado en absoluto el nacimiento de una nueva ciudad; entonces, considerando que la potencia troyana se desarrollaba mucho más de lo que convenía a la seguridad de sus vecinos, unió sus armas a las de los rútulos sin gran dificultad. Ante la amenaza de una guerra de tal calibre, Eneas, a fin de ganarse a los aborígenes y de que no sólo tuviesen los mismos derechos sino también el mismo nombre, llamó latinos al conjunto de ambos pueblos. A partir de entonces, los aborígenes no les fueron a la zaga a los troyanos en adhesión y fidelidad al rey Eneas. Confiado en la actitud de estos dos pueblos cuya cohesión iba en aumento al paso de los días, aunque la potencia de Etruria era tal que su renombre se extendía no sólo por tierra sino también por mar a lo lardo de Italia entera desde los Alpes al estrecho de Sicilia, Eneas, a pesar de que podía rechazar la agresión desde las murallas, hizo salir a sus tropas para presentar batalla. Se siguió un combate favorable a los latinos, que para Eneas fue también la ultima de sus acciones como mortal. Está enterrado, cualquiera que sea el nombre que desde el derecho humano o religioso deba atribuírsele, a orillas del río Numico. Lo llaman Júpiter Indigete.

 

TITO LIVIO, Ab urbe condita, Libro I, 1-2

Traducción de J. A. Villar Vidal. Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Libros I-III. Gredos, Madrid, 1990

 

 

Copyright 2010, por los autores de los cursos. Cite/attribute Resource. Sadaba, J. L. R., Sadaba, J. L. R. (2009, February 27). Texto de Tito Livio. Ab urbe condita. Retrieved May 25, 2013, from OCW Universidad de Cantabria Web site: http://ocw.unican.es/humanidades/mitologia-greco-romana/mitologia-greco-romana/practicas-2/practica-17/texto-de-tito-livio.-ab-urbe-condita. Esta obra se publica bajo una licencia Creative Commons License. Creative Commons License