Tema 6. El siglo IV griego, Macedonia y Alejandro Magno

1 Tema 6. El siglo IV griego, Macedonia y Alejandro Magno

A. GRECIA TRAS LAS GUERRAS DEL PELOPONESO

En su conjunto el siglo IV anterior al cambio de Era suele interpretarse como un largo período de transición entre la Grecia clásica y los reinos helenísticos. Asimismo, se considera un período de crisis en el mundo griego. Por crisis no debe entenderse tanto una decadencia como un conjunto de transformaciones que revelan la ruptura del equilibrio al que se había alcanzado en el siglo anterior. Ni la cultura ni la economía decayeron especialmente, si bien esta última se vio muy afectada por el desarrollo de las guerras. 

Los enfrentamientos políticos y militares fueron frecuentes en esta época, debido a la lucha por la hegemonía entre los distintos estados griegos. Pero por encima de todos los acontecimientos puntuales, dos grandes procesos históricos caracterizaron al siglo IV griego: la desintegración de la polis como modelo de estado y el desarrollo de la hegemonía macedónica sobre el mundo griego, liderada en primer lugar por el rey Filipo II y más tarde por su hijo Alejandro Magno.

Ambos procesos tienen que ver con el escenario que se produjo en el mundo griego tras las Guerras del Peloponeso (431-404 a.C.) y la victoria final de Esparta. Las consecuencias inmediatas de este enfrentamiento militar se resumen a continuación.

Esparta sustituyó a Atenas en el liderazgo del ámbito helénico y propició el mantenimiento de sistemas de gobierno oligárquicos. Del 404 al 403 a.C. se instauró el “Régimen de los Treinta” y fue eliminada la democracia ateniense. En las póleis se recrudecieron dos corrientes políticas contrapuestas: una partidaria y otra opuesta a la democracia. Las ciudades griegas de la costa de Asia Menor pasaron de nuevo a estar bajo control del Imperio persa, en cumplimiento de los pactos que Esparta había establecido con esta potencia en los últimos años de la guerra.

Al fracasar el Imperio ateniense, se reactivó el problema de la piratería en el Mar Egeo y el comercio marítimo entró en crisis. Las relaciones y alianzas entre los distintos estados griegos, por un lado, y entre éstos y los persas, por otro, se mantuvieron muy inestables. Esparta no fue capaz de mantener la hegemonía que le había venido dada por su victoria frente a Atenas. Esto se debe a que tuvo que concentrarse, una vez más, en la solución de problemas sociales internos. 

La debilidad de Esparta fue aprovechada por los persas y también por otras ciudades-estado griegas que intentaron hacerse fuertes: Atenas logró reconstruir en parte su imperio (“Segunda Confederación Marítima”), sin llegar al nivel alcanzado en el siglo V a.C., al tiempo que Tebas intentó también imponer cierto liderazgo sobre las demás póleis griegas. Pero ni una ni otra lograron hacerse con el control. 

En este ambiente de desunión entre los griegos y de inexistencia de una potencia fuerte que pudiera hacer frente al peligro de los persas, debe enmarcarse el ascenso de Macedonia.

 

B. FILIPO II Y EL EXPANSIONISMO DE MACEDONIA (359-336 A.C.)

Hasta estos momentos, la región de Macedonia, situada al norte de Grecia, no había tenido ningún tipo de protagonismo histórico. Se trataba de un país montañoso, con salida al mar en la zona del Golfo Salónico o Termaico, donde desembocan los ríos Axio y Haliacmón. En su parte baja, estos ríos atraviesan una llanura que estuvo dedicada a la agricultura y, sobre todo, a pastos para la cría de caballos. Este tipo de ganadería fue uno de los principales recursos económicos del reino macedonio, junto con la explotación de la madera y la extracción de plata. La caballería montada tendrá, además, una gran importancia dentro del ejército. 

La costa macedónica era baja y pantanosa, no utilizable para la navegación. Esta característica explica en parte el aislamiento que la región había tenido hasta ahora con respecto a los principales centros de la civilización helénica.

Aunque siempre estuvieron en contacto con el mundo griego y tenían muchos elementos en común con éste, los macedonios no eran considerados propiamente griegos. De hecho, Tucídides les denomina “bárbaros” en su obra sobre las Guerras del Peloponeso.

Para los griegos los macedonios eran considerados un pueblo vecino, atrasado y rural. No eran percibidos como una potencial amenaza, sino más bien al contrario; actuaban como barrera ante posibles invasiones de otros pueblos verdaderamente bárbaros y belicosos. 

Aunque no formaban parte propiamente de la civilización helénica, los macedonios hablaban una lengua muy parecida al griego –poco conocida por nosotros pues no se han conservado textos escritos–. Además, desde el siglo V a.C. los macedonios podían participar en los juegos olímpicos. Ello revela que no se les consideraba totalmente ajenos a la cultura griega.

Su sistema de gobierno era una monarquía que algunos historiadores califican de “semifeudal”, puesto que el rey concedía tierras a los principales nobles “vasallos”, a cambio de que éstos prestasen servicios militares en caso necesario. El ejército era la institución fundamental de Macedonia y dentro de ella tenía una especial relevancia la caballería, como ya se ha dicho. 

La dinastía de los Argéadas logró establecer una vinculación mítica con el mundo griego, haciendo remontar su genealogía al héroe Heracles. De este modo, los macedonios pudieron legitimar su liderazgo frente a los griegos en el siglo IV a.C.

La monarquía macedonia basaba su autoridad en el control de los asuntos religiosos y militares que aseguraban la victoria. Esta característica se mantendrá después en el marco de los reinos helenísticos. En caso de guerra, el rey dirigía el ejército. 

Se trataba de una monarquía hereditaria, si bien no existían unas reglas sucesorias claras dentro de la familia real, entre otros motivos porque eran frecuentes los matrimonios múltiples dentro de la realeza. En cualquier caso, para acceder al trono el pretendiente debía conseguir el asentimiento de la asamblea (ekklesia) por medio de una aclamación.

El rey gobernaba solo, asistido por un synedrion. Este consejo no ejercía ningún poder, ni ejecutivo ni legislativo; sólo era un órgano consultivo. El régimen era claramente autocrático, pero el monarca no puede considerarse un déspota, pues respetaba la ley de los macedonios. Esta ley, denominada nomos, no era escrita; designaba únicamente las costumbres ancestrales asumidas por el pueblo de Macedonia.

Figura 1: Filipo II.

Filipo II accedió al trono de Macedonia en el año 359 a.C. En esos momentos el país estaba amenazado por varios frentes: los ilirios al oeste, los peonios al norte, los tracios al este y los atenienses al sur. La capital del reino era Pella, ciudad ubicada en la Baja Macedonia.

Las fuentes griegas presentan a Filipo como un rey rudo, de temperamento fuerte, aficionado a la caza y poco moderado con la comida y la bebida –esa es la imagen que de él ofrece Demóstenes, su adversario político–. De los quince a los dieciocho años había estado como rehén en la ciudad de Tebas, lo que influyó en su formación y le proporcionó un conocimiento directo de los griegos. Así se explica que pusiera al filósofo Aristóteles como preceptor de su hijo: Alejandro Magno. 

Filipo reformó el ejército macedonio, creando la falange como unidad básica. Según el historiador Polibio, en la falange macedonia se combinaban dos características nuevas: la formación compacta de la tropa y un armamento pesado, donde destacaba una lanza muy larga, llamada sarisa. Ésta medía de 2 a 7 metros y debía ser manejada con las dos manos. Se utilizaba en posición de ataque ocupando seis filas de infantes. 

La caballería fue potenciada y pasó a actuar como un ala ofensiva de la falange. Además, el ejército macedonio se apoyó en la flota de guerra y en las tropas auxiliares, especialmente de arqueros. En el plano estratégico, los macedonios destacaron no sólo en la táctica de choque con las formaciones enemigas, sino también en el arte asediar ciudades.

El ejército macedónico así configurado demostró ser muy fuerte frente al enemigo griego y después persa. Probablemente, su éxito se explica tanto por las innovaciones técnicas como por el duro entrenamiento a que eran sometidos los soldados. Otro factor favorable habría sido el sentimiento de fidelidad que tanto soldados como oficiales sentían hacia el rey macedonio en calidad de jefe militar. 

Filipo logró a través de sucesivas victorias fortalecer el país y ampliar sus fronteras. La Calcídica quedó incorporada a Macedonia, así como otros territorios limítrofes de Tracia. El rey no sólo utilizó la guerra, sino también la diplomacia y la política matrimonial: afianzó la relación de su reino con la monarquía de Epiro al casarse con Olimpíade, la futura madre de Alejandro.

Tras asegurarse una posición interna fuerte, anexionó Tesalia y algunas ciudades del Norte del Egeo que hasta entonces habían estado controladas por Atenas. El cese del control ateniense sobre estas ciudades marítimas perjudicó su actividad comercial y acentuó la enemistad con Filipo. 

Paralelamente, la intervención directa de los macedonios en los asuntos internos de Grecia fue en aumento hasta que, finalmente, se hizo patente con motivo de la Tercera Guerra Sagrada que estalló en el año 356 a.C. Se llama “Guerra Sagrada” a este enfrentamiento porque tiene un origen religioso, relacionado con el santuario de Delfos. Recordemos que este santuario dedicado a Apolo tenía una gran importancia para los griegos, quienes acudían a él para consultar el famoso oráculo. El santuario se encontraba en la pequeña región de Fócide, pero estaba regido por un consejo de doce representantes griegos de diferentes estados llamados anfictiones. 

El detonante de la guerra fue el siguiente. Los focidios habrían incurrido en sacrilegio al cultivar unas tierras que pertenecían al santuario. Los anfictiones les impusieron por ello el pago de una multa, pero se negaron a pagarla. A partir de ahí se desencadenó un conflicto político entre los distintos estados griegos, unos a favor y otros en contra de la causa de los focidios, y estalló la guerra. Macedonia participó en ella, destacando con la fuerza de su ejército. Acudió en ayuda de los tesalios, frente a los atenienses.

Al final, los focidios fueron castigados y excluidos del consejo de los anfictiones, pasando a ser sustituidos por los macedonios. De este modo, Filipo conseguía afianzar la helenización del país.

Mientras todo esto ocurría, en las ciudades griegas, especialmente en Atenas, surgieron dos actitudes contrapuestas frente a Macedonia y a su rey, Filipo. Por una parte, estaban los que simpatizaban con este país y veían en él un buen agente mediador para Grecia. Entre ellos se encontraban Esquines y el orador Isócrates. Este último estaba convencido de que Macedonia podía ser la salvadora de las ciudades griegas, ya que era una potencia fuerte y ajena al mundo helénico.

En el otro lado se encontraba el orador Demóstenes. Éste despreciaba la monarquía macedónica, que consideraba bárbara y comparable a una tiranía. Frente a ella defendía la tradicional libertad de las póleis griegas y la democracia como sistema político.

La segunda postura logró imponerse. Demóstenes convenció a los atenienses para que formaran una coalición con otros estados griegos y declararan la guerra a Macedonia. Esta coalición contó con la ayuda económica del rey persa. 

La guerra estalló en el año 340 a.C. y fue ganada por los macedonios dos años después, tras vencer a los griegos en Queronea (338 a.C.). Tras esta batalla y a pesar de las predicciones de Demóstenes, Filipo no mandó destruir Atenas, sino que se limitó a disolver su liga marítima (Segunda Confederación Marítima). En gratitud por haber respetado su libertad y autonomía, los atenienses rindieron un homenaje al rey macedonio y a su hijo Alejandro, que había luchado junto a él en Queronea.

A pesar de esta política de reconciliación, ni Atenas ni el resto de Grecia volvieron a disfrutar de la autonomía política que habían tenido en el pasado. De ahí que se haya interpretado que la polis griega murió en Queronea. 

Filipo intentó formalmente legitimar su dominio sobre el mundo griego celebrando un gran congreso en Corinto y creando una confederación panhelénica, denominada Liga de Corinto, liderada por Macedonia. En teoría, esta liga pretendía defender la paz común y la libertad de los distintos estados griegos, quienes debían hacer las correspondientes contribuciones económicas y militares. Esparta fue el único estado griego importante que no acudió al congreso de Corinto y en el futuro se mantuvo al margen de la liga.

Juramento del Tratado de Corinto

Juro por Zeus, Gea, Helios, Poseidón, Atenea, Ares, por todos los dioses y diosas, que mantendré la paz y no romperé los tratados concertados con Filipo de Macedonia, ni emplearé las armas tanto en tierra como por mar para hacer daño, ni contra los que observan los juramentos. No me apoderaré mediante la guerra, por ardid o por descubrimiento, de ninguna ciudad, guarnición, o puerto de los que participan en la paz. No derrocaré la monarquía de Filipo y de sus descendientes, ni alteraré las constituciones en vigor de los miembros que prestaron los juramentos. No haré nada en contra de los tratados ni permitiré en la medida de mis fuerzas que otro lo haga. Si alguien hace algo contrario a los juramentos y a los tratados, prestaré a las víctimas toda la ayuda que pidan, combatiré al que quebrante la paz común, según las decisiones del común consejo y las órdenes del hegemón.

IG II, 236

Tras la batalla de Queronea, Filipo pudo concentrarse en la invasión de Persia, considerada como la principal enemiga de Grecia. Macedonía había asumido como propios los intereses griegos y el liderazgo de la Hélade. La excusa para enfrentarse al rey persa (Darío III) fue la liberación de las póleis griegas de Asia Menor que se encontraban bajo el dominio de Persia. Asimismo, quería vengar a los griegos por las ofensas de los persas durante las Guerras Médicas. 

Filipo envió una expedición de diez mil hombres a Asia. Pensaba unirse a ella para dirigir la guerra, pero fue asesinado en la boda de su hija. Su hijo Alejandro le sucedió (336 a.C.).

Figura 2: Liga de Corinto

C. ALEJANDRO MAGNO (336-323 A.C.)

 

1. Fuentes

El principal problema que tenemos a la hora de estudiar la figura de Alejandro Magno es que nos encontramos ante un personaje que fue objeto de un proceso de mitificación tanto en vida como, sobre todo, después de muerto. 

A lo largo de toda la Antigüedad fue creándose toda una tradición legendaria en torno al conquistador, que ha sido llamada la “novela de Alejandro”. Este personaje se convirtió, además, en el gran modelo a imitar por los monarcas y emperadores futuros, lo que contribuyó a su idealización.

A esto se añade que las fuentes conservadas de carácter literario no son contemporáneas de su época, sino muy posteriores, de manera que es difícil distinguir en ellas la parte propiamente histórica de la que no lo es.

 

a) Fuentes literarias

Cuando nos referimos a las fuentes literarias sobre Alejandro Magno tenemos que distinguir dos tipos:

“Tradición primaria”: con esta denominación aludimos a las obras o escritos de autores contemporáneos de Alejandro Magno, todos los cuales le conocieron personalmente y le acompañaron en sus conquistas. Se trata de los siguientes:

  • Calístenes de Olinto: era sobrino de Aristóteles y fue el historiador oficial de Alejandro. Éste le encargó que escribiera una obra propagandística destinada a transmitir a los griegos la idea de que él pretendía vengarles de las ofensas de que habían sido objeto durante las Guerras Médicas (así Alejandro continuaba el programa de helenización desarrollado por su padre Filipo). Calístenes refleja en su inacabada Praxeis Alexandrou la imagen de un gran conquistador defensor de la causa griega y protegido por los dioses en todas sus empresas. La imagen que nos ofrece de Alejandro es mítica, pues compara sus hazañas con las de héroes griegos tales como Heracles, Perseo y Aquiles.
  • Ptolomeo: era un noble macedonio, compañero de Alejandro Magno y uno de sus más destacados lugartenientes. Heredó el gobierno de Egipto tras la muerte de Alejandro, inaugurando la dinastía de los Lágidas (fue el primer rey Ptolomeo). Este autor destaca las virtudes militares del conquistador. Su obra perdida debió de consistir en la descripción de las distintas batallas y asedios que tuvieron lugar a lo largo de la expedición militar por Oriente.
  • Aristóbulo de Casandrea: era una especie de técnico del estado mayor macedonio. Su obra debió de centrarse más bien en las penalidades sufridas por la tropa y en las cuestiones de intendencia. Aristóbulo refleja el lado más humano de Alejandro Magno: su comprensión y benevolencia para con los súbditos. Además, debemos a este autor la descripción de importantes edificios y ciudades del mundo persa.
  • Onesícrito: filósofo cínico que acompañó a Alejandro Magno actuando como piloto del navío real. En su obra debió de destacar sobre todo la formación filosófica del conquistador (que había sido educado por el filósofo Aristóteles), así como su espíritu civilizador y afán por descubrir nuevos mundos. En la Antigüedad, Onesícrito pasó por ser un gran fabulador, debido a sus descripciones de animales exóticos y el célebre encuentro de Alejandro con la reina de las Amazonas (fue criticado por el geógrafo Estrabón).
  • Nearco: almirante (nauarchos) cretense de la flota que Alejandro mandó construir para el regreso desde el Indo. Había sido su amigo personal desde la juventud. Escribió una especie de relato del viaje en un tono bastante literario. Junto a aventuras marinas fantásticas poco dignas de crédito, Nearco recogió información valiosa de tipo etnográfico sobre los distintos pueblos indígenas que se fue encontrando a lo largo del trayecto.

Figura 3: Alejandro Magno en la Batalla de Issos. Mosaico de la Casa del Fauno en Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Dentro de la “tradición primaria” tenemos que incluir también el Diario real (Ephemerides), redactado por el canciller del rey (Eúmenes de Cardia) y las Cartas del propio Alejandro Magno. Estas cartas fueron recopiladas con posterioridad a la muerte del conquistador, siendo algunas de ellas falsas. También se duda de la veracidad del supuesto Diario real.

“Tradición secundaria”: esta denominación alude a las obras de autores greco-romanos que se basaron en los escritores de la “tradición primaria”. 

  • Arriano de Nicomedia: senador romano de origen greco-oriental que escribió a mediados del siglo II d. C. una obra en griego titulada Anábasis de Alejandro, compuesta de ocho libros. Se trata de la narración más completa de que disponemos sobre la aventura de Alejandro Magno. Arriano se basó fundamentalmente en Ptolomeo y Aristóbulo. Su obra no pretendía ser histórica en sentido estricto, sino más bien dar cuenta de la grandeza de las hazañas del conquistador macedonio.
  • Plutarco de Queronea: biógrafo griego del siglo II d. C. (contemporáneo de los emperadores Trajano y Adriano). Escribió una obra en griego titulada Vidas paralelas, donde contrapone las biografías de varias parejas de personajes históricos, uno de ellos siempre es griego y el otro romano. Dedicó una de estas biografías a Alejandro Magno, que fue comparado con César. Las biografías de Plutarco se centran en la personalidad de los personajes con una finalidad moralizante y literaria. Su obra no es propiamente histórica, aunque puede ser utilizada por los historiadores. Utilizó varias fuentes para describir a Alejandro, pero sobre todo a Aristóbulo.
  • Quinto Curcio Rufo: autor de una obra retórica sobre las andanzas de Alejandro Magno. No sabemos muy bien en qué época escribió, pero probablemente en el siglo I d.C.

Benevolencia de Alejandro con Timoclea

Entre las numerosas y terribles desgracias que la ciudad tuvo que soportar, unos tracios saquearon la casa de Timoclea, mujer ilustre y de recatadas costumbres, y mientras los soldados se dedicaban al pillaje de las riquezas, su jefe la violó y deshonró, y luego le preguntó si tenían en algún sitio oro o plata escondidos. Ella confesó que sí tenía, y le condujo a él solo al huerto y le mostró un pozo, donde dijo que había arrojado durante la toma de la ciudad sus posesiones más valiosas. Y mientras el tracio se asomaba e inspeccionaba el lugar, ella, que estaba a su espalda, le empujó y luego le arrojó muchas piedras encima, hasta que lo mató. Cuando los tracios la condujeron encadenada ante Alejandro, desde el primer momento se vio por su mirada y su forma de andar que era una mujer distinguida y llena de entereza, pues acompañaba sin muestras de espanto ni sobresalto a los que la llevaban. Luego, al preguntarle el rey quién era, respondió que ella había sido hermana de Teágenes, el que combatió en las filas contra Filipo en defensa de la libertad de los griegos y cayó en Queronea al mando de sus tropas. Admirado Alejandro, tanto de su respuesta, como de su acción, ordenó dejarla libre con sus hijos.

Plutarco, Vidas paralelas. Alejandro, 12

[Traducción de Emilio Crespo, Ediciones Cátedra, Madrid, 1999]

Además de los tres autores citados, que dedicaron obras completas a la figura de Alejandro, disponemos de la información que aportan sin tener ese carácter monográfico:

  • Diodoro de Sicilia: historiador griego del siglo I a.C. (contemporáneo de César y Augusto). Escribió una gran obra llamada Biblioteca histórica, que ha llegado hasta nosotros incompleta (40 libros). Todo el libro XVII de esta obra está dedicado a las conquistas de Alejandro Magno. Se trata del relato más próximo a la época del conquistador.
  • Pompeyo Trogo: historiador galorromano de la época de Augusto. Escribió una obra titulada Historias Filípicas que se ha perdido, aunque disponemos de un resumen de ella que realizó Justino en el siglo II ó III d.C.). A diferencia de los demás autores citados, Pompeyo Trogo transmite una imagen más bien negativa de Alejandro Magno.
  • Estrabón: geógrafo griego del cambio de era. Recoge datos de la época de Alejandro Magno en sus libros sobre Egipto y la India. 

Entre la tradición primaria y la secundaria se sitúa la obra de Clitarco. Este fue el historiador más difundido y popular de todos los que se ocuparon de la vida y hazañas de Alejandro Magno. No fue testigo directo de los hechos, pero construyó su obra a partir de informaciones de segunda mano, como por ejemplo el testimonio de los veteranos del ejército de Alejandro. La obra de Clitarco es especialemente fantástica y ya en la Antigüedad se la consideró exagerada y poco digna de crédito. No se sabe muy bien en qué época escribió.

 

b) Otras fuentes sobre Alejandro Magno:

  • Epigrafía: se conservan inscripciones donde se recogen cartas dirigidas por Alejandro a las ciudades griegas del Asia Menor.
  • Numismática: en las monedas de Alejandro se observa la imagen que el conquistador pretendía transmitir al mundo griego. Éste parece asimilado a Heracles y a Zeus. También se destaca su papel como vengador de los griegos ante los persas y su deseo de construir un imperio universal. Además de informarnos sobre la imagen que Alejandro quería difundir como hombre de estado, las monedas nos permiten conocer su política económica y financiera.
  • Arqueología: conocemos los restos de algunas de las ciudades que Alejandro fundó a lo largo de su expedición. Plutarco le atribuyó la creación de setenta nuevos centros urbanos, muchos de los cuales permanecen sin descubrir.

 

2. Conquistas de Alejandro

Alejandro III, apodado Magno, continuó la política expansionista de su padre Filipo. Apoyado en la falange y en la caballería macedónicas, llevó adelante la conquista de Oriente. Según algunas fuentes, su objetivo no sólo era castigar a los persas, sino también fusionar Oriente con Occidente y difundir la civilización griega más allá de sus límites tradicionales. Su objetivo era crear un “imperio universal”. En diez años realizó una enorme expedición militar; amplió los límites del mundo conocido y construyó un amplio imperio que desapareció con su muerte.

Alejandro sucedió a su padre siendo muy joven (tenía 19 años), tras la muerte repentina de Filipo II. Su acceso al trono contó con cierta resistencia dentro de la corte, ya que existían varios posibles aspirantes (recordemos que dentro de la monarquía macedonia no se daban unas normas hereditarias claras): Arrideo (hermano de Alejandro, retrasado mental) y Amintas (sobrino de Filipo II). 

Las primeras actuaciones políticas de Alejandro estuvieron encaminadas a asegurarse la aceptación por parte de los griegos, pues a la muerte de Filipo las actitudes contrarias a la hegemonía macedonia se habían reactivado.

Alejandro cosechó éxitos desde el comienzo. Destruyó la ciudad de Tebas que había encabezado los movimientos contrarios a la primacía de Macedonia. Fue reconocido como máximo representante de los anfictiones del santuario de Delfos y como sucesor de Filipo II en la dirección de la guerra contra los persas. En el año 334 a.C., inició las conquistas. 

El ejército de la Liga de Corinto con que contaba Alejandro no era demasiado numeroso. La expedición que partió de Pella se componía de unos 7000 soldados de infantería y de unos 600 jinetes, procedentes de los estados integrantes de la Liga de Corinto. Este ejército se complementaba con tropas de mercenarios ilirios y tracios, atraídos por el deseo de botín. La mejor parte del ejército era la que estaba compuesta por los propios macedonios.

Alejandro pasó al Helesponto y venció a los persas (al aqueménida Darío III) en las orillas del río Gránico (334 a.C.). Al año siguiente venció de nuevo en la gran batalla de Issos (333 a.C.), en la frontera entre Anatolia y Siria.

A continuación, llegó a Egipto, donde fue bien recibido, ya que desde el siglo V Grecia había apoyado todos los intentos egipcios de liberarse de los persas. Los egipcios vieron en él al libertador que habían estado esperando. Alejandro recibió de los sacerdotes el título de hijo del dios Sol, Re, y fundó la ciudad de Alejandría. El motivo de esta fundación urbana era defender a Egipto de posibles ataques por mar. 

Alejandro visitó el templo y oráculo de Amón (identificado por los griegos con Zeus) en el Oasis de Siwa y difundió la noticia de que el propio dios le había distinguido como hijo suyo. De este modo, continuaba y llevaba más lejos la antigua política de los Argéadas de considerarse descendientes de Heracles.

En el año 331 a.C. dejó Egipto para continuar la conquista del Imperio persa, cosechando nuevas victorias, como la que tuvo lugar en la llanura de Gaugamela. Descendió después hasta la ciudad de Babilonia, donde estableció su capital. 

Llegó más tarde a la capital Persépolis, que fue incenciada (330 a.C.), y conquistó otra importante ciudad persa: Ecbatana. Estas victorias militares en el corazón del Imperio Aqueménida simbolizaron el final de la guerra de los griegos contra los persas y la consumación de su venganza. Puesto que la guerra de represalias contra los persas se había dado por terminada, Alejandro licenció a las tropas griegas. La continuación de su aventura debe considerarse exclusivamente macedónica. 

Tras el asesinato de Darío III por parte de un usurpador del trono (Besos, sátrapa de Bactriana), Alejandro se propuso vengarlo y se autoproclamó sucesor de los Aqueménidas (330 a.C.). A partir de ahí la orientalización de su persona y de la corte fueron en aumento. Esto comenzó a ser mal visto por algunos de los dirigentes macedonios que lo acompañaban y se dieron, incluso, intentos de conspiración contra el rey. El detonante del malestar en la corte fue el intento de Alejandro Magno de imponer el rito iranio de la prosquínesis, esto es, la flexión de la rodilla ante el rey. 

Por otra parte, entre la tropa surgió el cansancio y el descontento ante una marcha que no parecía tener un objetivo claro. Hay que tener en cuenta que los expedicionarios desconocían por completo el territorio que iban conquistando y en cualquier momento esperaban encontrar el mar que rodeaba la tierra. 

Al final, tras alcanzar el río Indo Alejandro decidió regresar a Macedonia, siguiendo tres vías diferentes desde Patala (año 326 a.C.): dos terrestres, dirigidas por el propio Alejandro y Crátero, respectivamente, y una marítima, comandada por su lugarteniente Nearco. 

La vuelta por tierra fue la más dura. Alejandro enfermó de unas fiebres palúdicas (¿malaria?) y murió en Babilonia a la edad de 33 años, en el año 323 a.C. Ya desde la Antigüedad se sospechó que pudo haber sido asesinado, aunque no tenemos pruebas para demostrarlo. A sus honras fúnebres acudieron embajadores de todo el mundo. Sus restos mortales fueron llevados a Alejandría, donde estuvieron durante un tiempo hasta su desaparición.

Figura 4: Expedición e Imperio de Alejandro Magno

3. Política y administración en el imperio alejandrino

Tenemos poca información sobre el modo en que Alejandro Magno dispuso la administración de su Imperio. Esto es así porque los autores que se ocuparon de narrar su obra centraron la atención en las hazañas militares que había protagonizado. Además, no disponemos del testimonio de la parte persa, ni de las comunidades indígenas que fue conquistando.

El Estado creado por Alejandro Magno puede considerarse una mezcla de los sistemas monárquicos macedónico (autocrático) y aqueménida (despótico). Era una monarquía centralizada y militar.

El Imperio que Alejandro Magno fue conquistando no pertenecía a la comunidad de los macedonios, sino al mismo rey. 

El ejército fue la institución más importante del Estado que creó Alejandro Magno. Se trataba de un ejército jerarquizado y heterogéneo, ya que incluía efectivos de distintas etnias y procedencias geográficas: macedonios, griegos, cretenses, tracios, ilirios, persas, etc. Dentro de él se debe diferenciar la parte operativa, que acompañaba a Alejandro en sus conquistas, y las tropas de ocupación que éste fue desplegando en ciudades estratégicas, como Menfis, Babilonia, Susa y Persépolis.

Alejandro gobernaba este Imperio ayudado por un importante aparato burocrático. Decidió conservar la división del territorio en satrapías (provincias) siguiendo el modelo persa. El gobierno de estas demarcaciones territoriales recaía en los sátrapas. Alejandro eligió para esta función a hombres de confianza greco-macedonios, sobre todo en Asia Menor, y también a persas. Las funciones de los sátrapas siguieron siendo las mismas que en el período aqueménida: administrar y explotar las tierras reales (chora basiliké), en representación del rey; mantener la paz de los pobladores de la satrapía; asegurar la recaudación de impuestos y el levantamiento de las levas para el ejército; y administrar justicia.

Alejandro no introdujo cambios en la economía de los países conquistados; simplemente se hizo cargo de las tierras reales y de los monopolios estatales que habían pertenecido a los aqueménidas: minas, canteras, pesquerías, circuitos comerciales, etc. En cuanto a las posesiones de los nobles iranios, en ocasiones éstas fueron confiscadas y suponemos que en otras respetadas a cambio de la sumisión de sus dueños. Por consiguiente, las condiciones de vida del campesinado indígena no se vieron afectadas por el establecimiento del estado alejandrino.

Además, Alejandro se preocupó de que las vías de recaudación de impuestos funcionaran y potenció la circulación monetaria (alejandrinos de patrón ático, en oro, plata y bronce). Estableció varias cecas, distribuidas por el Imperio, excepto en Egipto y la región al Este del río Eufrates.

Fundación de ciudades: uno de los aspectos más característicos de la política imperial de Alejandro fue la creación de ciudades (lo mismo harán los reyes helenísticos y los emperadores romanos). La finalidad de estas nuevas ciudades era, en la mayoría de los casos, militar. A través de ellas se pretendía fortalecer las fronteras y asegurar el control de determinados puntos estratégicos del Imperio. Asimismo, la creación de centros urbanos ofrecía una salida a la superpoblación de Grecia y propiciaba la sedentarización de las poblaciones nómadas de Oriente, que de este modo pasaban a estar mejor controladas.

No todas las fundaciones urbanas se produjeron ex novo; a veces, se trataba simplemente del asentamiento de colonos veteranos en núcleos indígenas preexistentes. Las ciudades solían recibir nombres griegos y una constitución al estilo de las que tenían las póleis griegas. Pero esta constitución era más bien formal, pues las ciudades no eran independientes, sino que pasaban a depender de la administración de la satrapía correspondiente. Muchas de las ciudades que creó Alejandro Magno desaparecieron o vinieron a menos tras la muerte del fundador. 

Alejandro Magno basó ideológicamente su imperio en la homonoia (igualdad de hombres) o concordia universal. Tradicionalmente, se ha interpretado que desarrolló una política de fusión étnica que en ocasiones fue criticada por sus contemporáneos. Acordó el matrimonio de sus mejores oficiales con mujeres de la nobleza irania y él mismo se casó con la noble Roxana. No obstante, esta pretendida fusión étnica fue más teórica que real y, como se ha dicho, ha sido muy cuestionada por la historiografía moderna.

Carta de Alejandro a la ciudad de Quíos

En la pritanía de Desiteo, del rey Alejandro al demos de Quíos.

Que todos los exiliados de Quíos retornen y que la forma de gobierno en Quíos sea una democracia. Que se elijan legisladores que redactarán y corregirán las leyes para que nada sea contrario ni a la democracia ni al retorno de los exiliados; y que las leyes que hayan sido corregidas o redactadas sean remitidas a Alejandro. Que los quiotas proporcionen veinte trirremes con sus equipamientos correspondientes a su propio cargo y que éstas naveguen hasta que el resto de la flota de los griegos haga campañas con nosotros. De los que entregaron a traición la ciudad a los bárbaros todos los que hayan escapado que sean exiliados de todas las ciudades que comparten la paz y que sean sujetos a captura de acuerdo con el decreto de los griegos; todos los que hayan sido capturados que se los conduzca y los juzgue en el Consejo de los griegos. Y si surge cualquier disputa entre los que retornan y los de la ciudad que se dirima entre nosotros. Hasta que los de Quíos se reconcilien que haya una guarnición entre ellos del rey Alejandro lo suficientemente fuerte y que los quiotas la mantengan.

SIG, 283

[A. Domínguez Monedero, D. Plácido Suárez, F. J. Gómez Espelosín, F. Gascó de la Calle, Historia del mundo clásico a través de sus textos. 1, Grecia. Madrid, 1999, pp. 459-460]

D. LA ÉPOCA DE LOS DIADOCOS (323-276 A.C.)

Alejandro Magno murió repentinamente (323 a.C.) sin dejar un heredero capaz de sucederle. Su hermanastro, Arrideo, era retrasado mental y su esposa Roxana esperaba un hijo suyo del que no se sabía si sería varón y que posteriormente sería asesinado (Alejandro IV). 

Debido a este vacío de sucesión en el poder, el Imperio de Alejandro pasó a disposición de sus generales más allegados. A estos sucesores o herederos se les denomina diadocos.

Figura 5: Ptolomeo I. Museo del Louvre.

El período histórico de aproximadamente cincuenta años que se abrió tras la muerte de Alejandro estuvo marcado por los enfrentamientos políticos y militares entre estos diadocos. Se trata de una época bastante bien documentada desde el punto de vista histórico.

En un primer momento, tras la muerte de Alejandro, se contempló a Crátero como sucesor suyo (a éste quizás había designado el mismo Alejandro como heredero en su lecho de muerte, aludiendo a “el más fuerte”). Asimismo, se contempló una regencia temporal sobre Arrideo y, al mismo tiempo, sobre el hijo que esperaba Roxana (a la espera de comprobar que éste era varón).

Pero pronto, en Babilonia (323 a.C.), los diadocos pactaron un primer reparto del poder territorial: Antípatro (Macedonia y Europa), Ptolomeo (Egipto), Antígono el Tuerto (Anatolia occidental), Pérdicas (Asia), Eumenes de Cardia (Capadocia y Paflagonia por conquistar) y Lisímaco (Tracia por reconquistar).

En las siguientes décadas se sucedieron luchas políticas y militares entre estos diadocos. Una parte de los griegos volvió a rebelarse contra la monarquía macedónica. En Europa (Grecia y Macedonia), el Imperio alejandrino había estado controlado por Antípatro, antiguo general de Filipo II. Cuando murió Alejandro, se formó una coalición griega para expulsar del poder a los macedonios, pero ésta fracasó (“Guerra Lamíaca” entre griegos y Antípatro, encerrado en Lamia). 

Tras la victoria macedónica la Liga de Corinto fue disuelta y las ciudades de Atenas y Corinto, que habían encabezado la rebelión contra las fuerzas macedónicas, fueron castigadas: pasaron a estar bajo un régimen de vigilancia. Los antiguos miembros de la Liga de Corinto fueron considerados a partir de entonces como súbditos y ya no como aliados de Macedonia.

Tras la muerte de Pérdicas y de Crátero, primeros herederos del Imperio alejandrino,  se celebró una reunión en Triparadiso (Siria), en el año 321 a.C. El Imperio alejandrino fue dividido entre: Antípatro (Macedonia y Grecia), Ptolomeo (Egipto), Antígono el Tuerto (Anatolia occidental) y Seleuco (satrapía de Babilonia).

La muerte de Antípatro en el año 319 a.C. provocó nuevos enfrentamientos y éstos no dejaron de producirse hasta el 301 a.C., en que tuvo lugar la batalla de Ipso (Frigia). El Imperio de Alejandro Magno se repartió entonces entre Casandro (Grecia y Macedonia), Ptolomeo (Egipto), Seleuco (Siria y Asia oriental) y Lisímaco (Asia Menor y Tracia).

Finalmente, quedaron configurados tres grandes reinos, donde se asentaron las correspondientes dinastías:

  1. Reino de los Antigónidas (Pella): incluía Macedonia, Tracia y Tesalia y tenía mucha influencia en gran parte de Grecia.
  2. Reino de los Lágidas (Alejandría): dominaba Egipto, Cirenaica (Libia), Israel y Jordania.
  3. Reino de los Seléucidas (Antioquía): abarcaba la mayor parte de Asia Menor, Mesopotamia, Siria e Irán.

Junto a estos tres grandes reinos surgieron otros: Bitinia, Capadocia, Ponto, Armenia y Pérgamo. Este último con Filetero (283-263 a.C.) se convirtió en un principado independiente. A su vez, a estos reinos fueron sumándose otros con el correr de la historia.