11.1    Introducción

La fisiología del envejecimiento, apoyada en otras ciencias (citología, bioquímica, etc.) nos ayuda a conocer los motivos y la forma por los que el organismo envejece. El envejecimiento supone, desde el punto de vista de la clínica, una serie de cambios en el organismo que conllevan la disminución de la capacidad de adaptación a las demandas del medio. Este déficit de adaptación contribuye a acelerar aún más el proceso fisiológico de envejecer y a incrementar la susceptibilidad a determinadas patologías (Figura 1).

 

figura_11.1

Figura 1. Esquema en el que se muestran las interrelaciones entre diversos factores (genéticos, ambientales, etc.) y su relación con el envejecimiento y la longevidad.

 

El funcionamiento de nuestro organismo se asienta, entre otros, en una serie de complejos mecanismos que regulan la transformación de los alimentos en la energía necesaria para el mantenimiento de las funciones vitales. En este sentido, la alimentación representa el ingreso energético indispensable para mantener dichas actividades. Con el envejecimiento ocurren una serie de cambios en el organismo que hacen que se modifiquen muchas funciones, algunas de ellas relacionadas con la alimentación y la nutrición. Así, las capacidades de ingesta, digestión, absorción y metabolismo de los alimentos y sustratos nutricionales pueden verse enlentecidas, disminuidas o modificadas. Por otra parte, la mayor incidencia de enfermedades y administración de medicamentos (polifarmacia) que generalmente se asocia al envejecer, pueden modificar esas funciones y otras relacionadas obligándonos a adecuar la dieta a cada situación específica.

 

11.2    Nutrición y evolución 

Los humanos actuales somos desde un punto de vista anatomo-funcional, el resultado de más de 65 millones de años de co-evolución con los primates y unos 5 millones de evolución de los hominoides. Iniciamos nuestra evolución explotando los recursos ecológicos de forma omnívora y consumiendo una dieta fundamentalmente vegetal, rica en fibras y baja en grasas. Semillas, granos, raíces, frutas y plantas en general, junto a proteínas procedentes de insectos, animales muertos y algunas presas de pequeño tamaño han constituido la dieta omnívora (baja en colesterol, grasas, sal y carente de azúcares refinados) de los homínidos durante los millones de años de su evolución (ver capítulo 2). En este periodo y debido a la escasez de recursos, los organismos comenzaron a desarrollar mecanismos adaptativos para retener y conservar los escasos recursos (proteínas, colesterol, sales, grasas, etc.) que eran necesarios para el mantenimiento de la homeostasis. Además se desarrollaron sistemas para la retención en el organismo de elementos que era difícil incorporar (calcio, algunas vitaminas, etc.) o para la rápida eliminación de aquellos que podían representar algún tipo de toxicidad (reflejo del vómito, sistemas de purgación, etc.). Durante este periodo de la evolución, los humanos debido a la escasez de recursos no estaban expuestos a la obesidad por exceso de aporte calórico.

El Homo sapiens moderno (Cro-Magnon) apareció hace unos 100.000 años y su esperanza de vida se cree era inferior a 20 años y muy pocos individuos (menos del 5%) conseguían alcanzar los 40 años. En esta época la mejora en las prácticas de recolección y caza hicieron que en la alimentación humana comenzaran a adquirir importancia los aportes de proteínas y grasas de origen animal. Este hecho, junto al total dominio del fuego que permitía la preparación de los alimentos haciéndolos más fáciles de masticar y asimilar, provocó un giro en las normas dietéticas haciendo que los aportes de algunos nutrientes, hasta la fecha escasos, tomaran gran preponderancia (grasas, hierro, sal, etc.), mientras que otros que habían sido la base de la alimentación a lo largo de millones de años de evolución perdieran importancia y se volvieran escasos en las dietas (calcio, algunas vitaminas –C, B12–, selenio, fibras, etc.). Los recursos calóricos que ingresaban en el organismo eran utilizados de forma muy eficaz, y si se producía una ingesta calórica elevada esta era compensada por la necesidad imperiosa del ejercicio natural (grandes caminatas, esfuerzos físicos importantes, etc.) en un entorno aún bastante hostil. Podemos decir que hasta esas fechas, la obesidad aún no existía en la historia de los hombres. Un ejemplo lo tenemos en el hecho de que en la actualidad las tribus de cazadores-recolectores se caracterizan por poseer masa magra (músculo) y poca grasa y la obesidad está ausente en dichas poblaciones.

En los últimos milenios de la historia de la humanidad la introducción de la agricultura y la ganadería permitieron a los hombres mantener una dieta más variada, estando los alimentos disponibles a lo largo de todo el año y disminuyendo al máximo la estacionalidad de los recursos. Esta mejora determinó, por otra parte, que de forma progresiva y fundamentalmente en los países desarrollados, se comenzara a evitar la ingesta de alimentos hasta ese momento, como hemos visto, esenciales en nuestra evolución (fibras vegetales, minerales, etc.) que ha determinado la aparición de enfermedades ligadas a los mismos en lo que se puede denominar “la transición dietética” (cáncer de colon, osteoporosis, etc.).

 

11.3    Nutrición y etapas del ciclo vital 

11.3.1  Gestación, lactancia e infancia

Como ya se ha señalado en otros capítulos de esta obra, el envejecimiento está, en parte, condicionado desde el momento de la fecundación (ADN nuclear y ADNmt), además de por los efectos del ambiente sobre esta carga genética (nature versus nurture). Parece fuera de toda duda que el entorno prenatal (vida intrauterina), así como el existente durante la lactancia-infancia tienen una importante influencia posterior sobre la salud en la etapa de envejecimiento. En este sentido, la nutrición es un factor ambiental de capital importancia en estos periodos críticos del desarrollo y crecimiento, con repercusión a lo largo de la vida.

Durante la gestación la madre está influyendo con su estilo de vida en bastantes factores que condicionarán al feto y, por tanto, en las etapas posteriores del ciclo vital. La dieta materna durante el embarazo si es insuficiente o inadecuada se asocia a una disminución, muchas veces permanente, de la talla y del tamaño de los órganos (riñones, pulmones, etc.) por afectación de factores de crecimiento (hormona de crecimiento –GH– e insulina). El aporte de calcio al feto en desarrollo jugará un papel primordial en la osificación permitiendo el inicio y posterior desarrollo de la formación de un adecuado esqueleto óseo. La deficiencia en este aporte va a condicionar un crecimiento inicial deficiente y la aparición de osteoporosis en la edad adulta. El consumo de alcohol durante el embarazo (etilismo) tiene efectos nocivos sobre el niño: el síndrome de alcoholismo fetal, que cursa con alteraciones del neurodesarrollo (conductuales y cognitivas), puede determinar que el niño llegue a tener un coeficiente intelectual menor de 70 y déficit del desarrollo músculo-esquelético (O’Leary, 2004).

En un amplio estudio de niños nacidos entre 1907 y 1930 que revisaba el peso de la madre durante el embarazo, el tamaño del recién nacido y el estado socioeconómico de la familia (Barker et al., 1989), se observó una clara relación entre malnutrición y enfermedades cardiovasculares. Los varones provenientes de familias menos favorecidas tenían un riesgo mayor (30%) de padecer cardiopatía que los de las familias acomodadas. Este riesgo se hacía más evidente en el grupo de los que habían pesado menos de 2,5 kg al nacer y las madres menos de 45 kg durante la gestación. Aunque las conclusiones de este trabajo fueron muy criticadas por presentar fallos metodológicos, supuso una primera aportación para seguir investigando la relación entre la nutrición en las primeras etapas del desarrollo uterino y la calidad del posterior proceso de envejecimiento.

Diversos estudios sugieren que numerosos aspectos de la fisiología del adulto (glucemia, colesterolemia, presión sanguínea, respuesta del cortisol, metabolismo energético, etc.) están determinados en gran medida como una respuesta a los factores ambientales padecidos durante la etapa gestación-infancia. La desnutrición materna hace que los recursos destinados al desarrollo fetal se vean dirigidos hacia los tejidos placentarios para tratar de incrementar el aporte de los escasos nutrientes maternos, a expensas del desarrollo de los tejidos fetales. En consecuencia, este incremento del tamaño de la placenta determina una reducción en el crecimiento somático y produce niños de bajo peso al nacer, la reducción del número de células en algunos tejidos y órganos alterando su estructura y finalmente alteraciones en diversos parámetros del sistema hormonal. Los embriones y fetos sometidos a malnutrición intrauterina desarrollan una predisposición para una utilización más eficiente de los escasos recursos que les llegan y como consecuencia de esto, no necesitan perfeccionar los sistemas de eliminación de los excesos de aportes de energía. Cuando estos niños nacidos con bajo peso son sometidos a un ambiente de enriquecimiento nutricional, rápidamente ganan peso. En este sentido se ha propuesto que la aparición de enfermedades crónicas degenerativas es consecuencia de la secuela del eficiente uso de los recursos determinado ya in utero. La obesidad, hipertensión arterial (HTA), enfermedades cardiovasculares (ECV), la diabetes mellitus tipo II (DMII) y la hipercolesterolemia son enfermedades que tienen un origen prenatal y su prevención temprana influirá en el binomio salud-longevidad (Syddall et al., 2005).

Entre los diversos factores endocrinos y bioquímicos que regulan el crecimiento intrauterino (iniciadores, receptores, sistemas de señalización, etc.), el factor de crecimiento tipo insulina (IGF-1) juega un papel fundamental en estas etapas tempranas del desarrollo. El IGF-1 es el principal promotor del crecimiento intrauterino y su actividad está regulada por proteínas específicas que se le unen (bound proteins –BP–). En condiciones normales de desarrollo (alimentación suficiente) la proteína que se une al IGF-1 es la IGF-BP-3. En los casos de malnutrición con la consiguiente retardación del crecimiento fetal los efectos de IGF-1 están regulados por la IGF-BP-1 y la IGF-BP-2 (Tisi et al., 2005). En consecuencia, la falta de actividad de IGF-BP-3 in uter induce un retardo del crecimiento fetal que puede originar un incremento de la actividad del IGF-1 durante el resto de la vida conduciendo a patologías crónicas degenerativas.

Aunque nuestro objetivo es analizar los efectos de la nutrición sobre el envejecimiento, no debemos olvidar que otros factores ambientales como son el tabaquismo y el alcoholismo materno influyen negativamente en una pléyade de funciones fisiológicas que determinan alteraciones morfo-funcionales de efectos tan devastadores para el desarrollo y envejecimiento de las personas como la malnutrición.

En los trabajos de Eriksson et al. (2001) se efectuó un estudio comparativo del índice de masa corporal (IMC) al nacer de 3641 varones nacidos en Helsinki entre 1924 y 1933 (en la actualidad el IMC al nacer no es un dato válido pero aún no había tablas de percentiles), comparándolo con el IMC materno en ese momento. Cuando había desnutrición perinatal, el fallecimiento por enfermedades cardiovasculares estaba aumentado y este incremento era aún mayor si el neonato ganaba peso rápidamente en su infancia (se transformaba en obeso).

Como hemos visto en el Capítulo 6, la heredabilidad de la longevidad es baja, lo que hace adquirir importancia a la acción de los factores ambientales durante la infancia y, como venimos señalando, la nutrición en esta etapa de la vida sienta las futuras bases del estado de salud del individuo lo que unido a lo acontecido en etapas anteriores determinará la cantidad y calidad de la vida por venir.

 

11.3.2  Edad adulta y envejecimiento

En estas etapas del ciclo vital, fundamentalmente tras el final de la etapa reproductiva, aparecen un grupo de enfermedades degenerativas (cardiovasculares y cánceres), con una enorme repercusión sanitaria y social, también ligadas a la dieta y con gran influencia en la calidad del envejecimiento. Un ejemplo paradigmático es la osteoporosis, que es una de las enfermedades crónicas que afecta a un mayor porcentaje de población, mujeres sobre todo, y que se caracteriza por la pérdida de masa ósea (Capítulo 13). La máxima cantidad de hueso se alcanza al final del crecimiento y se mantiene en meseta hasta los 40-45 años, en que comienza la descalcificación fisiológica que en las mujeres se ve exacerbada por los cambios hormonales asociados a la menopausia. Con la edad disminuye la absorción de calcio y se puede llegar a perder hasta un 40% de masa ósea. Por esta razón es muy importante alcanzar al final de la etapa de crecimiento una masa ósea óptima. La cantidad de calcio depositado en los huesos es un factor íntimamente ligado a la ingesta cálcica y por lo tanto a los hábitos alimentarios. La consecuencia negativa de no alcanzar y/o mantener una masa cálcica adecuada en la edad adulta es la aparición de osteoporosis en el envejecimiento, que ocasiona fracturas óseas en los ancianos y fundamentalmente de cadera con la morbilidad asociada a la drástica reducción de calidad de vida en esta etapa. Podemos decir que la osteoporosis es una enfermedad de adquisición infanto-juvenil y es en esta etapa donde debemos hacer una ingesta de calcio suficiente para alcanzar la máxima masa ósea.

Por otra parte, debemos conocer que las necesidades calóricas en las personas mayores son inferiores a las de los adultos, debido a la reducción de su masa muscular y la disminución de la actividad física. La OMS recomienda para las personas mayores sanas un aporte calórico de 30 kcal/kg de peso al día. Por su parte, la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) en el año 2001 estableció para la población anciana y por grupos de edades las siguientes necesidades calóricas (Tabla 1).

 

Edad (años)

Varones

Mujeres

60-69

70-79

≥ 80

2.400 Kcal

2.200 Kcal

2.000 Kcal

2.000 Kcal

1.900 Kcal

1.700 Kcal

La proporción de los macronutientes de la dieta debe ser:

  a) Proteínas

  b) Lípidos

  c) Hidratos de carbono

15-20%

30%

50-55%

Tabla 1. Recomendaciones calóricas para la población mayor en España.

Morreriras O., Beltrán B., Cuadrado C. Guías Dietéticas en la Vejez. En: Sociedad Española de Nutrición Comunitaria. Guías Alimentarias para la Población Española. IM&C, Barcelona 2001.

Martínez J. A., Madrigal H., Astiasarán I. Alimentación y salud pública McGraw-Hill-Interamerica, Madrid 2001.

 

En lo que respecta al estado cognitivo y el envejecimiento el “Estudio del envejecimiento Honolulu-Asia” de Abbott et al., (1998) valoraba la relación entre la talla como marcador de desarrollo infantil y el estado intelectual de 3.733 varones de entre 71 y 93 años. La prevalencia de enfermedad de Alzheimer fue mayor en los que median menos de 154 cm (4,7 vs 2,9) y la expectativa de vida también fue menor. Este estudio concluía que aumentar el crecimiento, como expresión de mejoría del estado nutricional, podía disminuir o retardar la aparición de deterioro intelectual en la vejez.

Las mujeres que consumen pescado y otros alimentos ricos en ácidos grasos w-3 durante el embarazo y la lactancia podrían reducir el riesgo de cáncer de mama en sus hijas hasta en un 40% según se señala en el informe del Pennington Biomedical Research Center (Roberts et al., 2004). Esta reducción se ve incrementada si tras el destete se continúa con el aporte de dichos ácidos. Por el contrario, consumir grasas del tipo w-6, cuya ingesta se encuentran generalmente aumentada en las dietas occidentales, podrían incrementar el riesgo en la hija de desarrollar neoplasias mamarias.

Los estudios experimentales en ratones manipulados genéticamente para desarrollar cáncer de mama han mostrado que si en la dieta se administraban ácidos grasos w-3, se podía prevenir el desarrollo de cáncer. Los estudios comparativos analizando el consumo de ácidos grasos w-3 y w-6 en madres gestantes y crías, mostraron que las crías sometidas a altos niveles de w-6 in utero, lactancia y postdestete, desarrollaron tumores mamarios a la edad de seis meses. Por el contrario sólo el 40% de las crías sometidas a tratamiento dietético con w-3 lo padecieron a los seis meses.

De los estudios indicados hasta este momento podemos extraer la importancia que tiene la nutrición en las diferentes fases del ciclo vital (nutrición placentaria, lactancia, infancia, adulto), hasta la etapa de envejecimiento en la cual nos centramos en este capítulo como base de una vejez saludable.

 

11.4    Nutrición, reproducción y longevidad 

Entre los mamíferos existe una elevada correlación entre el número de descendientes posibles de las hembras de una especie determinada y la longevidad de dicha especie. Los mamíferos que tienen muchas crías por parto, cortos periodos de lactancia y ciclos reproductores muy rápidos (rata, ratón, etc.) tienen un patrón de selección tipo-r, es decir invierten mucha energía en generar gran cantidad de descendientes y su ciclo vital es breve. Por el contrario las especies que tienen pocos descendientes, partos con una sola cría y elevada duración del tiempo de lactancia (elefante, humanos, etc.) tienen un patrón de selección-K. Estas especies invierten más en la calidad de su descendencia (cuidados, etc.) y además presentan un ciclo vital más largo. Se puede decir que los mamíferos de patrón de selección-r invierten en cantidad y los de selección-K invierten en calidad (Figura 2).

 

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Figura 2. En el eje de ordenadas se muestra el logaritmo de la potencialidad reproductora (gasto de energía) y en el de abscisas la longevidad de algunas especies de mamíferos. La potencialidad máxima reproductora es el máximo número de crías que una madre puede generar en condiciones óptimas. Obsérvese que existe una correlación negativa entre la potencialidad reproductora y la longevidad.

 

Un caso paradigmático de la relación entre longevidad y reproducción, concretamente aplicado a la especie humana, es el estudio de Crews (1988) denominado “Estudio Longitudinal de la Longevidad en Louisville”. En este trabajo se analizó la longevidad de un amplio grupo de mujeres de dicha localidad de los EEUU. Los resultados mostraron que las mujeres más longevas eran aquellas que no habían tenido descendencia. Este estudio parece confirmar la hipótesis de que la descendencia puede alterar las probabilidades de las mujeres de alcanzar una alta longevidad. Probablemente estos resultados confirman el hecho de que los embarazos y la lactancia suponen un importante gasto de recursos energéticos que deben ser destinados a la descendencia con el consiguiente perjuicio para el organismo que los gestó. Además este estudio tiene una importante base ambiental pues las mujeres encuestadas habían nacido en una época durante la cual la medicina aún no había incorporado de forma generaliza el uso de antibióticos, vacunas y la alimentación tal y como la entendemos en la actualidad. Finalmente este estudio mostraba que además de la falta de descendencia había otro factor importante que podía justificar la mayor longevidad; las mujeres longevas tenían un alto nivel cultural.

En la actualidad es bien conocido que las personas con mejores conocimientos educativos tienen más recursos económicos, mejor alimentación, más fácil acceso a la medicina y medicamentos y probablemente como consecuencia de ello alcanzan una esperanza de vida superior a la media de la misma población. Estos factores también correlacionan con la incidencia de determinadas enfermedades psico-neurológicas en la vejez que tienen un rango desde el deterioro cognitivo leve a la demencia severa asociada a la enfermedad de Alzheimer.

 

11.5    Alimentación y cáncer 

La alimentación tiene gran importancia en la prevención de un grupo importante de enfermedades neoplásicas. Algunos estudios epidemiológicos sugieren que la dieta de la madre durante el embarazo puede incidir sobre el riesgo de un posterior cáncer pediátrico en el niño, incrementándolo (consumo elevado de grasas animales, carne curada, ahumada o asada a la brasa, alcohol y escaso o nulo aporte de vegetales) o reduciéndolo (ingesta alta de cereales, legumbres, verduras, frutas y suplementos antioxidantes). No obstante se desconoce en qué proporción de cánceres pediátricos intervienen directa o indirectamente los factores dietéticos por la poca frecuencia de estos tumores y, además los factores dietéticos, necesitan largos periodos de latencia (varias décadas) para desarrollar las neoplasias asociadas. En este sentido las intervenciones dietéticas pediátricas son fundamentales para prevenir los cánceres en épocas posteriores de la vida e indirectamente reducir el riesgo en sus descendientes por la influencia que la dieta materna gestacional tiene en el ciclo vital de su descendencia.

Un estudio realizado por el Instituto Nacional del Cáncer de EEUU (Butrum et al., 1986) concluyó que el 35% de los tumores humanos estaban relacionados con factores alimentarios y los situaban a la cabeza de los agentes de riesgo tumoral debidos a una influencia ambiental externa, cifra superior a la de casos de cáncer producidos por el tabaco (30%). Por otra parte, un informe multicéntrico (Bidlack, 1996) no deja lugar a dudas sobre la íntima relación existente entre algunos tipos de neoplasias y dietas específicas. Este informe estima que un cambio en la dieta puede reducir la incidencia global de cáncer entre un 30-40%, que junto con el abandono del tabaco implica que entre el 60-70% de los cánceres son evitables. Expresados estos valores en términos de longevidad representaría un incremento de dos décadas en la esperanza de vida de la población.

Los alimentos vegetales reducen el riesgo de cáncer. Las verduras se ha visto poseen efectos beneficiosos en la prevención de diversos tipos de tumoraciones del tracto digestivo siendo más manifiestas a nivel de colon y recto. También se ha visto que las frutas reducen el riego de aparición de tumoraciones orofaríngeas y de estómago. Por contraste, el alcohol (ya analizados sus efectos nocivos en el embarazo), la carne, las dietas grasas y consecuentemente la obesidad que suele acompañar al elevado consumo de estos productos, se ha visto que incrementan el riesgo de diversos cánceres.

Son numerosos los estudios que han señalado los beneficios de la llamada “Dieta Mediterránea” sobre la longevidad y la calidad de la misma por, entre otras razones, el aporte de ácido oleico (ácido monoinsaturado) y sus efectos protectores frente a la neurodegeneración y el asociado consumo moderado de vino tinto. El Estudio Prospectivo Europeo sobre Cáncer y Nutrición (European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition, EPIC) valoró la relación entre las prácticas alimentarias y los tumores en diez países, España entre ellos. Este estudio realizado a lo largo de siete años incluía 75.000 personas mayores de 60 años, de los que fallecieron 4.000 a lo largo de su realización. Al cruzar las causas de exitus con los hábitos alimentarios se vio que cuanto más se ajustaban las personas a la “Dieta Mediterránea”, menos posibilidades tenían de fallecer, independientemente del sexo, actividad física o consumo de tabaco. Los autores de este estudio lo concluía con esta frase: “La adherencia a la dieta mediterránea basada en frutas, verduras y grasas insaturadas está asociada con una esperanza de vida significativamente mayor”. Esta dieta suministra grandes cantidades de antioxidantes y ácidos grasos muy estables que son difícilmente oxidados en el organismo con los beneficios que esto conlleva en el mantenimiento de la integridad de los sistemas de membranas de las células (Elmalfa et al., 2005).

Existen también otra serie de factores, de los llamados ambientales, sobre los que podemos tener una importante influencia. El control de medidas higiénicas generales, el ejemplo más significativo y determinante es el de la higienización del agua, tanto de ingesta (potabilización, cloración, etc.) como el tratamiento de la residual (depuración, etc.), ha hecho que la esperanza de vida aumente de forma notable e incremente la salud a lo largo de toda la vida, vejez incluida.

 

PRINCIPALES CAMBIOS METABÓLICOS QUE OCURREN EN EL ENVEJECIMIENTO

 METABOLISMO BASAL:

 - El metabolismo basal disminuye aproximadamente un 10-20% entre los 30 y 75 años.

 - Esta reducción se debe a la disfunción de la masa muscular (sarcopenia).

 MODIFICACIONES EN EL METABOLISMO DE LOS HIDRATOS DE CARBONO:

 - Incremento de la glucemia en 1,5 mg/dl por década (intolerancia a la glucosa).

 - Incremento de la incidencia de diabetes mellitus.

 - Intolerancia a la lactosa por reducción de la actividad de la enzima lactasa.

 MODIFICACIONES EN LOS NIVELES PLASMÁTICOS DE COLESTEROL:

 - Se produce un incrementos del colesterol entre los 20-50 años.

 - A los 70 años se suele estabilizar y después comienza a disminuir.

 ALTERACIONES EN ALGUNAS VITAMINAS:

 - Hipovitaminosis D (se necesita exposición al sol).

Tabla 2. Se indican algunos de los principales cambios metabólicos que se manifiestan en el periodo de envejecimiento.

Harris N. G. Nutrición en la vejez. En: Mahan L. K., Escott-Stump S., editores. Nutrición y Dietoterapia de Krause. McGraw-Hill-Interamericana, Madrid, 2001.

Medina Mesa R. Dapcich V. Fisiología del envejecimiento. En Muñoz M., Aranceta J. Guijarro J. L., editores. Libro blanco de la alimentación en los mayores. Panamericana. Madrid 2005.

 

11.6    Nutrición y morbilidad 

Aunque en las personas mayores las causas más frecuentes de mortalidad son las enfermedades cardiovasculares (ECV) y el cáncer, otras patologías crónicas (artrititis, hiperglucemia, hiperlipidemia, sarcopenia, osteoporosis y alteraciones en las funciones sensoriales) son las causas más frecuentes de la morbilidad asociada al proceso de envejecimiento. En la actualidad es bien conocida la relación existente entre la dieta y el efecto aterogénico de algunos tipos de alimentación. También el elevado consumo de algunos productos (dietas ricas en sodio) elevan los niveles de tensión arterial que, en muchos casos, agrava la patología cardiovascular subyacente.

Las personas mayores tienen un riesgo mayor que las jóvenes de estar malnutridas y tener deficiencias en proteínas, hierro y vitaminas B1 (tiamina) C (ácido ascórbico) y D (calciferol). Estas condiciones, por reducir la actividad inmunitaria del organismo, incrementan la susceptibilidad a infecciones y enfermedades parasitarias. La función inmune se puede mejorar con la administración de vitaminas, minerales o suplementos de aminoácidos a la personas mayores. Se ha observado que incrementos en el consumo de algunos nutrientes pueden conducir a aumentos significativos en la longevidad. Así, la administración de b-caroteno está asociada a un incremento de 6 años en la esperanza de vida de los varones y 2 en las mujeres (Bendich, 2004).

Se estima que alguna alteración crónica del cerebro afecta al 20% de la población mayor de 65 años o al 50% si son mayores de 85 años. Estas condiciones degenerativas crónicas (CDC) son el resultado de interacciones entre múltiples genes y el entorno. La neuroprotección se fundamenta además de en las defensas intrínsecas propias de cada persona concreta en las extrínsecas (micronutrientes antioxidantes –vitaminas C y E– y ácidos grasos w-3 entre otras) que forman un componente esencial en las defensas frente al envejecimiento cerebral. Hay trabajos epidemiológicos que sugieren una asociación entre una dieta pobre en antioxidantes y/o grasas de pescado azul (fuentes de w-3) y una mayor incidencia de alteraciones en las funciones cognitivas y el incremento del riesgo de demencia en las personas mayores (Whalley et al., 2003). En las diferencias de la nutrición entre los individuos subyacen muchas características del proceso de envejecimiento. Lo que comemos depende de factores tanto culturales como del entorno en que vivimos y de esta manera la cultura determina la alimentación y la ingesta preferencial de diferentes productos. Cada individuo posee características específicas (variabilidad genética y ambiental) en sus diferentes enzimas digestivas, receptores celulares, citoquinas, factores de trascripción y trasportadores de proteínas que le permiten extraer diferentes cantidades de calorías y nutrientes de la misma dieta. En algunos el resultado puede ser la hiperglucemia, mientras que en otros el resultado puede ser hiperlipemia o hipertensión. La hiperlipemia y la obesidad actúan de forma sinérgica para producir hiperglucemia, arteriosclerosis e hipertensión (Síndrome X) que a la vez son factores que de forma independiente lo son de riesgo para las enfermedades cardio-vasculares (ECV). Un modelo similar se aplica para el cáncer donde la ingestión de carcinógenos y anticarcinógenos en los alimentos está relacionada con actividades culturales y ambientales. Elevadas proporciones de grasas saturadas están asociadas con una gran variedad de cánceres, así como determinadas formas de preparar los alimentos (sazonar con nitratos, los ahumados, las barbacoas, etc.) que originan carcinógenos en numerosos alimentos. Por otra parte diversos nutrientes (fibra, vitaminas, antioxidantes, etc.) reducen el riesgo de determinados tipos de neoplasias (Webb y McCullough, 2005). En este mismo sentido, el excesivo consumo de alimentos conduce a obesidad con la consiguiente repercusión en el desarrollo de diabetes tipo II y el inicio de una cascada de reacciones adversas en el organismo si estos desequilibrios no son corregidos.

En este apartado destinado a resaltar la importancia de la nutrición en el desarrollo de algunas patologías que afectan de forma especial al segmento de la población mayor, no podemos finalizarlo sin señalar que frente a las patologías asociadas con el sobrepeso y la obesidad se encuentra el binomio representado por nutrición-ejercicio como elemento promotor de salud en todas las etapas del ciclo vital y de forma fundamental durante el proceso de envejecimiento. La promoción del ejercicio adecuado para cada estado de salud evitando el sedentarismo, es uno de los factores fundamentales para mantener la actividad que asegure la correcta función de nuestro organismo.

 

11.7    Nutrición y esperanza de vida 

Estudios de poblaciones sugieren que la diferencia en años entre la longevidad máxima en la especie humana (mayor tiempo vivido por un humano, 122 años) y la esperanza de vida (años estadísticos de vida de una persona al nacer, unos 80 años en España), al menos en los países desarrollados se está reduciendo de forma paulatina. En los inicios del siglo XX en España la longevidad máxima de una persona superaba los 100 años y la esperanza de vida rondaba los 35 (diferencia 65 años). Al final del siglo XX la longevidad máxima llegaba a los 110 años y la esperanza de vida superaba los 75 años en varones y 80 en las mujeres (diferencia 35-30 años).

La reducción de las patologías crónicas degenerativas (PCD) se basa, de forma fundamental, en el mantenimiento en la población general de unos valores biomédicos aceptados por la comunidad científica y apropiados para el mantenimiento del estado de salud general en las mejores condiciones. Por ejemplo los niveles de colesterol en sangre, la glucosa y la tensión arterial son valores que se han ido reduciendo a medida que se incrementaba el estado de bienestar en la población. En la década de los 60 del siglo XX se consideraba que un nivel óptimo de colesterol total era aquel próximo a 240 mg/dl, siendo lo más deseable cifras por debajo de esta. A medida que la población alcanzaba estos niveles y dada la correlación entre niveles altos de colesterol y ECV se estableció como consenso en los años 80 cifras de colesterol inferiores 200 mg/dl. En la actualidad dado que se pueden fijar los diferentes tipos de lipoproteínas plasmáticas se considera lo más deseable cifras de colesterol total inferiores a 180 mg/dl; menos de 120 mg/dl para las LDL y 35 mg/dl o más para las HDL (Gerber y Stern, 1999). Los estudios de familias y gemelos han mostrado una alta heredabilidad para los niveles de lípidos; hasta el 80% en el caso del colesterol total, el 76% para los niveles de LDL y el 66% para los de HDL (Poulter et al., 1999). Asimismo se ha observado que las personas más longevas poseen unos niveles de lípidos en sangre más bajos que los controles.

Los niveles de glucosa en sangre correlacionan con múltiples aspectos de la fisiología del adulto. La obesidad es un potente predictor de hiperinsulinemia e hiperglucemia, y su asociación con HTA. Los factores dietéticos y la actividad física influencian la glucemia. Así, el exceso de ingesta de grasas y carbohidratos induce hiperglucemia incrementando el riesgo de mortalidad en edades tempranas con la consiguiente reducción de la longevidad. La hiperglucemia genera la formación de radicales libres de oxígeno (RLO) y productos avanzados de glicosidación (advanced glycation endproducts, AGE) que lesionan las células y la matriz extracelular acelerando la senescencia (Ulrich y Cerami 2001). Algunos estudios han mostrado que el incremento de los niveles de hemoglobina glicada (Hba) está asociado con un elevado riesgo de muerte, sugiriendo que la glicosidación de la hemoglobina en los diabéticos puede predecir la aparición de enfermedades crónicas asociadas y acelerar el envejecimiento (Khaw et al., 2004).

La sobrenutrición ilustra cómo la cultura, el comportamiento, el entorno y los genes interactúan para influenciar el ritmo del envejecimiento e incrementan el riesgo de PCD. En la actualidad está muy generalizado el ingerir un exceso de calorías y como hemos visto esto no ha sido lo habitual a lo largo de la evolución humana ya que la disponibilidad de recursos era escasa y ahora es abundante. Esta abundancia hace que muchas personas coman en demasía y la sobrealimentación produce, en algunas, pocos efectos indeseables para la salud, pero otras personas rápidamente se vuelven obesas mórbidas y padecen PCD al llegar a adultos (40-54 años). Finalmente siguen incrementando peso, tensión arterial, glucemia, colesterolemia y el riesgo de muerte al llegar a adultos viejos (55-64 años). Paradójicamente es sólo en los países donde el entorno ofrece abundancia de calorías en los que la longevidad está incrementada, si bien es cierto que este incremento en longevidad sólo afecta a aquellas personas cuya dieta es baja en calorías pero variada y equilibrada en nutrientes.

El nivel de vida es otro factor ambiental que puede regular la longevidad. La estrechez económica entendida como necesidad de ajuste de recursos determina una mayor mortalidad infantil. Se puede decir que, en la actualidad, en España el segmento de individuos mayores es aquel integrado por personas de la etapa de guerra y posguerra civil que pasaron bastantes penurias económicas y una alimentación frugal en su etapa de infancia. A medida que la esperanza de vida se incrementa, también varían las necesidades nutricionales en la etapa de envejecimiento. Diversos estudios han mostrado que mientras las necesidades de proteínas no varían entre jóvenes y adultos, en los viejos se debe reducir al menos el aporte de determinados aminoácidos específicos. La edad avanzada está asociada con cambios en el apetito, la ingesta de alimentos y la actividad física, todo lo cual puede influenciar el metabolismo de las proteínas y los aminoácidos. Los que contienen grupos sulfuro (metionina y cisteína) juegan un papel fundamental en el metabolismo del grupo metilo y el consiguiente mantenimiento del estado de oxi-reducción celular. La metionina, que es indispensable para las reacciones de metilación y como precursor de cisteína, es el aminoácido dosis-limitante para la síntesis de glutation (GSH). Por otra parte, la elevada ingesta o elevadas concentraciones en sangre de metionina están asociadas con consecuencias adversas como la hiperhomocisteinemia y la disfunción endotelial, que son factores de riesgo cardio-vascular. Por otra parte, la deficiencia de metionina juega un papel en la carcinogénesis. El conocimiento del significado biológico de las interrelaciones entre los aminoácidos con grupos sulfuro, el glutation (GSH) y el metabolismo del grupo metilo es un factor clave en la adecuada determinación de los niveles óptimos de ingesta de estos aminoácidos en las personas ancianas (Fukagawa y Galbraith, 2004). Estudios recientes han mostrado que los factores dietéticos pueden modular la metilación del ADN y en consecuencia contribuir al envejecimiento y la tumorogénesis. Así, la metilación del ADN constituye un importante punto de confluencia del envejecimiento, el cáncer y la nutrición (Liu et al., 2003). El conocimiento de las funciones detoxificantes del RLO del glutation ha hecho que este área de investigación esté abriendo nuevas vías en las relaciones ingesta-RLO, como ya hemos visto en los capítulos 6 y 7.

Aunque el conocimiento actual de la relación entre dieta vegetariana y salud no está claramente establecido, hay trabajos que sugieren una mayor longevidad en las personas que siguen este tipo de régimen. Los componentes de una dieta vegetariana sana incluyen una gran variedad de vegetales, frutas, cereales, legumbres y frutos secos. Estas dietas reducen el riesgo de numerosas enfermedades crónicas (cardiopatía isquémica, diabetes y diversos tipos de neoplasias) e incrementan la longevidad. El problema de este tipo de dietas radica en el peligro de la baja ingesta de algunos nutrientes esenciales que conducen a estados carenciales.

Como resumen de lo analizado hasta este momento podemos resaltar la relación existente entre dieta y envejecimiento en dos sentidos:

  • A) La dieta ejerce efectos fundamentales sobre las actividades metabólico-fisiológicas del organismo que adquieren especial relevancia durante el proceso de envejecimiento.
  • B) La aparición de diversas patologías en las personas mayores (neoplasias, alteraciones cardiovasculares, las ligadas a la obesidad, etc.) subyacen en alteraciones dietéticas que en muchas ocasiones se iniciaron en edades tan tempranas como la vida intrauterina.

Existe una epidemia global de obesidad, diabetes y otras enfermedades crónicas, especialmente en los países desarrollados y en las economías en transición al desarrollo. Al mismo tiempo existe una mayor conciencia pública de los efectos adversos de las alteraciones nutricionales. El incremento global de la obesidad está contribuyendo a una epidemia de diabetes tipo II y otras PCD. Tema de enorme interés es el llamado síndrome metabólico (Síndrome X) descrito y después negado por Reaven (2005) aunque nadie duda de su existencia. La creación de programas sanitarios destinados a incrementar los conocimientos dietéticos en la población general ayudará a la prevención de las patologías asociadas retardando el proceso de envejecimiento y aportando una mejor calidad de vida, lo que es en la actualidad un reto sanitario de primer orden.

 

11.8    Relación entre peso y salud: el índice de masa corporal (IMC) 

El envejecimiento está asociado con la reducción del apetito y de la ingesta calórica, lo que se asocia a una pérdida de peso a partir de la séptima década de vida. El inicio y desarrollo de esta “anorexia fisiológica” puede predisponer a la malnutrición proteico-calórica con la consiguiente morbilidad y mortalidad. Factores sensoriales (cambios en el gusto, olfato, etc.), sociales (estatus económico, etc.), cambios gastrointestinales y de control del apetito juegan un papel importante en su iniciación y regulación. Además las alteraciones de la dentición (desdentados) condicionan cambios en la alimentación, al no poder ingerir adecuadamente proteínas de origen animal o vegetales-frutas de consistencia dura. Estas personas comienzan a ingerir dietas blandas con la asociada reducción de la ingesta de proteínas, polisacáridos y micronutrientes. La función salival también se ve alterada (xerostomía) y se reducen las funciones de masticación y deglución. Estos hechos nos llevan a tener que definir el peso ideal de las personas en cada etapa del ciclo vital y en nuestro caso concreto en el periodo de envejecimiento. Tradicionalmente ha sido definido el peso ideal en relación a la talla de una persona por el denominado índice de masa corporal (IMC), que es el cociente entre el peso en kilogramos dividido por la talla en metros elevada al cuadrado.

  • IMC = Peso (en kilos) / Talla (en metros)2

Ejemplo un varón que pesa 84,3 kg y tiene una estatura de 1,81 m tiene un IMC:

  • IMC = 84,3/1,81  →  IMC = 25,7 kg/m2

Los límites del IMC están establecidos (para la normalidad) entre 18,5 y 24,9 kg/m2. Cifras superiores se consideran sobrepeso-obesidad e inferiores delgadez-desnutrición. Los valores de referencia para la población española del IMC, según consenso de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO. www.seeo.es), aparecen en la Tabla 3.

 

ÍNDICE DE MASA CORPORAL (IMC) PARA ADULTOS

TIPIFICACIÓN

IMC (kg/m2)

RIESGO

Desnutrición grave

< 16

Extremo

Desnutrición moderada

16,0 - 16,9

Muy severo

Desnutrición leve

17,0 - 18,5

Severo

Normopeso

18,5 - 24,9

 -

Sobrepeso grado I

25,0 - 26,9

Leve

Sobrepeso grado II (preobesidad)

27,0 - 29,9

Leve

Obesidad tipo I

30,0 - 34,9

Moderado

Obesidad tipo II

35,0 - 39,9

Severo

Obesidad tipo III (mórbida)

40,0 - 49,9

Muy severo

Obesidad tipo IV (extrema)

> 50,0

Extremo

Fuentes: Gil I. Novartis Consumer Health S.A. y Sociedad para el estudio de la obesidad (SEEDO). Consenso SEEDO 2000 para la evaluación del sobrepeso y la obsesidad y el establecimiento de criterios de intervención terapéutica. Med. Clin. (Barc.) 2000;115:587-597.

Tabla 3. Valores del Índice de Masa Corporal (IMC) y puntos de corte establecidos para definir diversos grados de desnutrición y obesidad.

 

Estudios epidemiológicos han mostrado que la ingesta calórica y el IMC se relacionan directamente con la incidencia y la mortalidad de determinadas patologías. Los estudios del Harvard Alumni Health Study (Sesso et al., 2000) y el Nurses Health Stu (Field et al., 2004) han revelado que la mortalidad es inferior en el grupo que tiene un IMC 15-20% por debajo de la media. Por otra parte las mujeres con IMC < 19 y los varones con IMC < 22,5 tenían cerca de un 20% menos de riesgo de muerte que aquellos con mayor IMC. Se ha visto que las personas cuyo IMC se encuentra entre los valores 20-26 son las que presentan una mayor longevidad y que aquellas que superan el valor 30 o lo tienen inferior a 18 son las que tienen una longevidad más reducida (Figura 3). Estos estudios realizados en grandes poblaciones sólo tienen en cuenta la ingesta calórica y se deben corregir con otros factores de entre los cuales el gasto energético en forma de ejercicio físico es el más importante.

 

figura_11.3

Figura 3. Riesgo de mortalidad en relación con el IMC. Se expresa el riesgo de mortalidad, por todas las causas, en relación con el IMC.

 

Entre las variaciones más aparentes de los humanos están las diferencias antropo-morfológicas (talla, peso, etc.) en comparación con otras especies de primates, variaciones que reflejan de una forma importante los variados hábitats en los cuales se asientan las diferentes poblaciones humanas (Janssen et al., 2002). Esto determina que a igualdad de IMC las características morfológicas de las personas puedan ser muy diferentes (dos personas con el mismo IMC pueden ser fenotípicamente diferentes), de tal manera que debemos considerar el IMC como una primera aproximación al estudio antropométrico pero de ninguna forma algo definitivo. El IMC no establece diferencias entre la masa magra (músculo) y la grasa corporal, luego no mide ni “muscularidad” y “grasosidad”. No obstante, el IMC es una aproximación inicial muy correcta para la valoración nutricional.

El IMC varía con arreglo a cada una de las etapas del ciclo vital. Estudios en gemelos y mellizos han mostrado que hasta los 18 años el IMC muestra una heredabilidad muy elevada (0,82), mientras que en las personas mayores de 80 años este valor es más bajo (0,63) (Silventoinen et al., 2004). Hay estudios que relacionan positivamente la alta ingesta calórica y el elevado IMC con mayor prevalencia de enfermedades degenerativas durante el envejecimiento. En este sentido, el Parkinson, el Alzheimer, la insuficiencia cardiaca y los tumores de próstata, pulmón, mama, estómago y colorrectal son algunos ejemplos. Se ha sugerido, basándose en estudios realizados en animales de experimentación, que esta alta incidencia pudiera tener su base fisiopatológica  en un elevado estrés oxidativo y que dicho estrés se puede atenuar por medio de la restricción calórica (RC).

Como complemento al IMC se pueden realizar mediciones, algo más complejas de diversos pliegues corporales (bíceps, tríceps, subescapular, etc.), y otras técnicas como medidas de bioimpedancia multifrecuencia, y conocer la composición corporal (porcentajes de masa magra, grasa, agua, etc.), para de esta manera ajustar más las bases del diagnóstico de las alteraciones nutricionales en las personas mayores (Jimenez-Sanz et al., 2002). Sistemas más complejos y costosos como TAC, métodos isotópicos (potasio corporal total), absorciometría de fotones (DEXA) y otras, no justifican su aplicación generalizada para la población basándose en la relación coste/beneficio, empleándose solamente para la investigación.

 

11.9    Requerimientos hídricos 

Aproximadamente el 70% del peso corporal de un persona joven es agua, esta cantidad se distribuye entre el agua intracelular (60%) y los líquidos extracelulares (40%), aunque existen importantes variaciones tisulares en nuestro organismo en lo que se refiere al contenido y distribución de la misma. El agua representa, por lo tanto, cuantitativamente el principal componente de nuestro organismo y el lugar donde se asientan las reacciones bioquímicas fundamentales que mantienen nuestra integridad funcional. Por lo tanto, el mantenimiento del correcto volumen hídrico es fundamental para el desarrollo de estas funciones. En las primeras etapas de nuestro desarrollo el volumen del agua corporal representa aproximadamente el 80%, mientras que con el envejecimiento este volumen decrece hasta el 60% en los varones y al 50% en la mujeres. Respecto de las necesidades hídricas se ha calculado que estas varían de unas personas a otras y que están en relación con las calorías ingeridas y el ejercicio físico.

Las necesidades basales totales de agua se cubren con 40 ml/kg/día, volumen en el que va incluido el agua contenida en los alimentos, y equivale a 1 ml por caloría ingerida. Hay que tener en cuenta la necesidad de compensar pérdidas extraordinarias que se producen con el calor, ejercicio, fiebre, etc. Como referencia práctica, 1,5 litros de agua al día, para un anciano de peso y talla media cubren sus necesidades hídricas y contribuyen a su salud. Cantidades inferiores (en ausencia de enfermedades específicas) favorecen la deshidratación y determinadas patologías (Ramos Cordero y López Guerrero, 2005).

 

11.10  Restricción calórica y envejecimiento 

11.10.1  Modelos experimentales

Como ya hemos visto en apartados anteriores, parece fuera de toda duda que la salud de los progenitores y el entorno previo al nacimiento, así como el existente durante la lactancia, tienen una importante influencia sobre el desarrollo y el posterior envejecimiento. Los factores ambientales actúan en estos periodos críticos del desarrollo y crecimiento incidiendo sobre funciones y estructuras orgánicas y, de entre estos factores, es la nutrición uno de los más estudiados por su importante repercusión en la longevidad. El descubrimiento de los efectos de la restricción calórica (RC) en el incremento de la longevidad ha abierto un campo de investigación básica-aplicada que trata de adecuar la ingesta a la consecución del mejor estado de salud.

Por restricción calórica (RC) se entiende la administración de una dieta equilibrada y suficiente desde el punto de vista nutricional pero restringida desde el punto de vista del aporte calórico total. Generalmente esta restricción es del 75% de las calorías ingeridas ad libitum aunque puede llegar a un 50%. McCay et al., (1935) fueron los primeros en publicar un estudio en el cual demostraban que las ratas sometidas a RC tenían una esperanza de vida de 4 años, superior en un 33% al grupo control con alimentación ad libitum que sólo alcanzaba 3 años. Además las ratas sometidas a RC presentaban un aspecto más saludable y juvenil y parecían más sanas que las del grupo control. Desde este trabajo pionero la RC es la única aproximación que de forma convincente ha demostrado enlentecer el proceso de envejecimiento en numerosos tipos de animales de experimentación. En la tabla 4 aparecen algunos de los datos existentes sobre RC en diversas especies.

 

 

DIETA ad libitum

RESTRICCIÓN CALÓRICA

ESPECIE

EXPECTATIVA MEDIA

LONGEVIDAD MEDIA

EXPECTATIVA MEDIA

LONGEVIDAD MEDIA

Protozoario

7 días

13 días

13 días

25 días

Araña

50 días

100 días

90 días

139 días

Pulga de agua

30 días

42 días

90 días

139 días

Carpa

33 meses

54 meses

46 meses

59 meses

Rata

23 meses

33 meses

33 meses

47 meses

Hombre

80 años

122 años

?

?

Tabla 4. Ejemplos de las diversas longevidades en algunas especies dependiendo de que sean alimentadas “ad libitum” o sean sometidas a restricción calórica.

 

Weindruch y Sohal (1997) estudiaron dos grupos de ratones uno (experimental) sometido a RC (30-50%) pero sin malnutrición, iniciada a los 5 meses de edad, y otro (control) se alimentó ad libitum. Ambos grupos fueron comparados en diversos periodos de tiempo hasta los 30 meses. Durante la RC han de consumir suficientes substratos nutricionales (micro y macronutrientes) para mantener un correcto funcionamiento de sus tejidos y órganos. Es decir, que siguen una dieta en la que consumen las calorías mínimas para no llegar a desnutrirse. Los ratones sometidos a RC pesaban entre un 30-50% menos que los controles y los niveles de glucosa en sangre disminuyeron un 20% en sólo 5 días de RC y los de insulina un 50% después de tres semanas.

Otro resultado muy interesante de estos estudios ha sido que los animales sometidos a RC tienen una esperanza de vida y una longevidad significativamente mayores que los controles y no padecen la mayor parte de las enfermedades más frecuentes de su edad tardía (incluyendo varios tipos de tumores). Además, ciertas respuestas inmunes que disminuyen en los ratones control al año de vida, en los sometidos a RC (hermanos de los anteriores) no comenzaban a disminuir hasta los dos años. El análisis de la expresión de algunos genes mostró la ausencia de la mayoría de las alteraciones presentes en el grupo control. Se ha propuesto que estas alteraciones eran debidas al estrés oxidativo y las mejorías a la reducción del metabolismo energético, concluyendo que la RC impide o retrasa los fenómenos celulares ligados al envejecimiento.

Se ha observado que la eficacia de la RC se basa en una reducción  en el aporte calórico general y no sólo por la reducción de un tipo específico de principio inmediato (azúcares, grasas o proteínas). Por tanto, para conseguir los efectos beneficiosos de la RC, ésta debe ser equilibrada, suficiente y abarcar todos los principios inmediatos. También se ha visto que no es válida una dieta insuficiente suplementada con altas dosis de complejos vitamínicos u otros antioxidantes ya que son peor utilizados que los vehiculizados por los alimentos. Finalmente señalar que al igual que los cambios debidos a la RC se alcanzan de forma rápida, una vez finalizada esta la recuperación a los valores control es también rápido. Respecto de cuándo iniciar la RC para que ésta ejerza los mejores beneficios sobre la salud de los animales de experimentación se ha visto que el inicio temprano es más eficaz que cuando se inicia de forma tardía. Una vez alcanzado el destete en roedores, cuanto primero se inicie la RC mejores son los resultados que se obtienen en cuanto a longevidad y valores bioquímicos.

Los estudios de RC en primates son de mayor dificultad dada la mayor duración de su ciclo vital en comparación con los roedores, pero a pesar de ello hay numerosos estudios en marcha. Roth et al. (1995) han estudiado un grupo de 24 monos rhesus machos (Macaca mulata) de 6 meses a 5 años de edad y monos ardilla machos (Saimini sp.), que viven 20-30 años. Ambos tipos de monos fueron sometidos a una dieta especial que contenía un 40% más de vitaminas y minerales. Después se dividió cada grupo en otros dos grupos (control y experimental). El grupo control mantenía su dieta, mientras que el experimental recibía un 30% menos de calorías/día que el control. Además el grupo experimental (RC) fue dividido en dos subgrupos; uno comenzó la RC en la infancia y el otro después de que los animales alcanzaran la pubertad. La medida del peso, porcentaje de grasa corporal, tensión arterial, glucemia, insulina y triglicéridos mostró los resultados que se presentan en la tabla 5, con unos mejores valores para el grupo de RC temprana.

 

PARÁMETRO

DIETA CONTROL

RESTRICCIÓN CALÓRICA

INGESTA CALÓRICA (Kcal/d)

688

477

PESO CORPORAL (Kg)

14,06

9,53

% PESO DE LA GRASA

25

10

TENSIÓN ARTERIAL (mm-Hg)

129/60

121/51

GLUCEMIA (mg/dl)

71

56

INSULINA (µ unidades/ml)

93

29

TRIGLICÉRIDOS (mg/dl)

169

67

Tabla 5Se muestran los valores medios de los grupos de monos sometidos a dieta control y a restricción calórica. Roth et al., 1995.

 

Los animales sometidos a RC son de menor tamaño que los controles y muestran una reducción de la temperatura corporal, disminución de los niveles de glucosa e insulina, una maduración más lenta y presentan un menor declinar funcional relacionado con la edad como relevan los niveles de glucemia, glicosidación, lesiones causadas por RLO, hormonas de estrés y alteraciones en las proteínas (Roth et al., 1995). Estas variaciones se han atribuido a la mejor utilización de los recursos energéticos, pues la energía es procesada más lentamente, y consiguientemente se reducen las alteraciones somáticas. En términos generales se puede decir que la reducción del crecimiento y el ritmo de envejecimiento por la RC puede ser parte de un proceso general de adaptación de las especies. Los trabajos en animales de experimentación aportan datos bioquímicos, farmacológicos, toxicológicos y anatomopatológicos que permiten formular hipótesis a los posibles resultados en humanos y sugieren que la RC puede afectar de forma beneficiosa a la vitalidad durante el envejecimiento e incrementar la longevidad saludable.

 

11.10.2  La restricción calórica en humanos

Los resultados obtenidos con la RC aplicada a diversas especies (levaduras, nematodos, moscas, roedores, simios, etc.) sugieren que dichos resultados también pueden se obtenidos en humanos. Sin embargo existen pocos experimentos naturales que muestren que la RC (con un aporte adecuado de nutrientes) prolongue la vida. Se sabe que la RC severa en humanos (70%) compromete seriamente numerosas funciones vitales. Las poblaciones que se ven sometidas a un inadecuado aporte calórico generalmente sufren otras situaciones estresantes de forma concomitante (estatus bajo, pobre salud, exposición a enfermedades, parásitos, etc.); nada de esto afecta a los animales de experimentación en el laboratorio, que están sometidos a condiciones de mantenimiento de gran calidad ambiental.

Hasta hace pocos años se podía decir que la mayoría de las poblaciones humanas estaban sometidas a RC aunque otros factores ambientales influían en ella. Sin embargo en los países desarrollados se da en la actualidad el proceso contrario a la RC, pues, la riqueza en cantidad y no siempre en calidad de los aportes nutricionales (ad libitum) han hecho que aparezca un grupo “experimental” de humanos sometidos a sobre-nutrición y el consiguiente aumento calórico con la aparición de la obesidad como pandemia de los países desarrollados.

Diversos grupos humanos están, de alguna forma, sometidos a RC aunque otros factores actúan en sus ambientes y por eso no se pueden extrapolar directamente los resultados en su longevidad con la RC. En este sentido algunas órdenes religiosas que tienen una alimentación inferior al aporte calórico general, muestran una mayor longevidad. Lo mismo ocurre con los seguidores de algunas religiones (adventistas y mormones) que ingieren menor cantidad de calorías que la población general y además no consumen nicotina ni cafeína y también muestran una longevidad algo superior a la población general. Las mujeres mormonas tienen una alta tasa de fecundidad lo cual entra en oposición con lo expuesto anteriormente en que la mayor fecundidad correlaciona negativamente con la longevidad.

Otro grupo que puede representar un ejemplo de RC son los vegetarianos, aunque existen diferentes formas de enfocar el vegetarianismo (estrictos, ovo-lacto, pescado-vegetariano y vegetarianos esporádicos). En este sentido un seguimiento efectuado durante 21 años a un grupo de vegetarianos en Alemania observó que la mortalidad frente a la población control se reducía al 50% para cada grupo de edad. Aunque los resultados no pueden ser ni extensibles a la población general ni conclusivos, sí se puede decir que este tipo de dietas puede ayudar a la reducción de la incidencia de determinadas patologías crónicas progresivas y reducir el ritmo de envejecimiento (Chang-Claude et al., 2005).

La RC (30-40% del aporte ad libitum) iniciada en la edad adulta, una vez el organismo ha alcanzado su potencialidad física, puede reducir la incidencia de numerosas enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento y mejorar la calidad de este proceso. Es interesante señalar que los diferentes experimentos realizados en roedores sobre RC y las diferentes dietas para lograrla han mostrado que se deben reducir la grasa y los hidratos de carbono pero no las proteínas. Se ha sugerido que la RC debe iniciarse a edades tan tempranas como los 2 años. Creemos que este tipo de dietas nunca debe aplicarse a las etapas iniciales de nuestro desarrollo (embarazo, lactancia, infancia y adolescencia), pues limitan el aporte de numerosos nutrientes fundamentales para el normal desarrollo de nuestras potencialidades físicas e intelectuales. Sería la adecuada nutrición con el consiguiente adecuado aporte calórico, en oposición a la RC, la que pudiera ayudar a la mayoría de la población a alcanzar una mayor longevidad tanto en cantidad como en calidad.

Además de la RC otra aproximación al binomio calorías-longevidad es el denominado ayuno intermitente (AI), que consiste en la reducción de la frecuencia de las comidas. El AI se ha visto que produce en animales de experimentación (roedores y monos) un incremento en la resistencia a enfermedades cardiovasculares, mientras que en humanos reduce el sobrepeso (Mattson y Wan, 2005). Estos estudios han mostrado que los beneficios del AI se basan tanto en la reducción del estrés oxidativo (RLO) como en el incremento de la resistencia celular al estrés. Este tipo de aproximación dietética tiene efectos en la mejora de la actividad cardiovascular y cerebral que están mediados por la actividad del factor de señalización cerebral (brain-derived neutrophic factor, BDNF). Además los efectos beneficiosos de la RC y el AI sobre la actividad cardiovascular y cerebral son similares a aquellos obtenidos por el ejercicio físico, lo que sugiere un mecanismo fisiológico común para estos procesos (Mattson y Wan, 2005).

Respecto del AI debemos señalar que el realizar 3-4 comidas al día es más un aspecto antropológico-cultural que una realidad general, pues la mayoría de la población mundial no realiza este tipo de régimen y son muchas las poblaciones que realizan una sola ingesta diaria (Kerndt et al., 1982). Este tipo de aproximación representaría un ejemplo de la adaptación que la especie humana ha tenido que realizar a los periodos de hambruna por plagas, climatología, etc., que ha sufrido a lo largo de la evolución. Un estudio controlado de RC de una duración de dos años realizado en humanos ha mostrado los esperados beneficios observados previamente en roedores y monos (pérdida de peso y grasa, disminución de la glucemia y de la temperatura corporal, etc.), pero se señala que la RC probablemente nos ayude más a conocer las bases de la malnutrición que las del envejecimiento, considerando que la RC es más una herramienta de investigación que no debe ser recomendada para la población general y menos para las personas mayores (Le Bourg, 2005), para las que sigue vigente la norma de 5 comidas al día a tenor de los conocimientos actuales.

 

11.11  Fundamentos biológicos de la restricción calórica 

Desde el ya mencionado trabajo pionero de McCay (1935) demostrando el efecto de la RC en la longevidad de los roedores, numerosos estudios han confirmado esta primera aproximación en diferentes especies a lo largo de la escala filogenética desde levaduras, nematodos, moscas, roedores a monos (para revisión ver Guarente y Picard, 2005). Diversos mecanismos se han propuesto para explicar este fenómeno: el retardo del crecimiento, la disminución de la apoptosis, la reducción del daño oxidativo, la alteración en la utilización de la glucosa, cambios en la expresión de genes, la mejora de la respuesta al estrés y la hormesis (respuesta al estrés moderado). Ciertas evidencias sugieren que la RC ocasiona importantes respuestas metabólicas en el proceso de envejecimiento por medio de sistemas intraextracelulares de transducción de señales  que afectan a numerosos órganos y sistemas fisiológicos. En algunos tejidos la RC produce un incremento del metabolismo, de la resistencia al daño oxidativo y al estrés térmico (Sohal, 2002).

La RC ocasiona, a nivel general, animales de menor cuerpo que los controles, lo que condiciona una mayor superficie por volumen y una mayor difusión del calor generado por el organismo. La RC determina a nivel mitocondrial que la pérdida de protones (H+) en la cadena de trasporte de electrones de la membrana mitocondrial interna sea menor y de esta manera se reduce la liberación de electrones (e-) que al no unirse finalmente al oxígeno (O2) determina una reducción en la formación del radical superóxido (O2.-) e inicia la reacción en cadena de la formación de RLO (ver Capítulo 7).

A nivel genético, la RC eleva los niveles de SIRT1 (sirtuinas) en mamíferos y estos niveles se reducen por la insulina. Las sirtuinas producen cambios metabólicos que afectan a las células beta del páncreas (sintetizan insulina) y de esta forma se inhibe la síntesis y liberación de insulina al plasma. En el sistema neuro-endocrino la SIRT1 inhibe la síntesis y liberación de la hormona de crecimiento (GH) por la hipófisis y del factor de crecimiento de insulina-1 (IGF-1), finalmente a nivel del tejido adiposo blanco (grasa unilocular) se inhibe la acción de la leptina y se incrementa la acción de la adiponectina. A nivel de la regulación de la apoptosis, SIRT1 actúa sobre p53, Foxo y Bax induciendo la reducción de la apoptosis e incrementando la resistencia al estrés celular (Bordone y Guarente, 2005).

La RC determina la sobreexpresión de SIRT1 en el tejido adiposo blanco tal y como demuestra la asociación con el factor de transcripción PPARg vía su cofactor negativo (NcoR) en los lugares de promoción de los genes diana y sus productos, como es el uPA (urokinase-type plasminogen activator) que es un reductor de apetito, y otros genes de almacenamiento de grasa y hormonas. SIRT1 en consecuencia modula estos genes y los cambios en la liberación de hormonas circulantes y grasa. Esto señaliza una respuesta coordinada a la escasez de alimentos en varios tejidos y determina un enlentecimiento del envejecimiento.

Utilizando roedores como modelos de RC, modelos genéticos de ratones (enanos Ames y Snell –ver Capítulo 6–), y ratones knockout para el receptor IGF-1 en el tejido adiposo (fat-specific insulin receptor knockout mice, FIRKO) se ha visto que la reducción de los niveles plasmáticos de insulina y/o IGF-1 o la reducción de la señalización insulina/IGF-1 se correlaciona con incrementos en la longevidad y el retraso del envejecimiento (Richardson et al., 2004).

Un elevado número de alteraciones que conducen a cáncer, enfermedades neuroendocrinas, neuromusculares y neuroesqueléticas de los adultos y ancianos están correlacionadas íntimamente  con niveles reducidos de los antioxidantes SOD, catalasa y glutationperoxidasa (Sohal, 2002). Los antioxidantes endógenos o enzimáticos (SOD, catalasa, glutationperoxidasa, glutation –GSH–, ubiquinona –Coenzima Q–), los no enzimáticos, incluidos los factores nutricionales como las vitaminas ingeridas; ascorbato (vitamina C), tocoferoles (vitamina E), carotenoides (vitamina A), o moléculas como los uratos (ácido úrico), ayudan a eliminar los RLO que se forman en las mitocondrias y lesionan por daño oxidativo moléculas de ADN, proteínas, lípidos, etc., (ver Capítulo 7). Los roedores transgénicos que sobreexpresan el locus de la SOD muestran mayor longevidad y mayor reducción de los niveles de daño oxidativo en el ADNmt, además las moscas Drosófilas que sobreexprean SOD y catalasa muestran un 34% de incremento de la longevidad comparadas con las controles.

Existen datos que sugieren la necesidad de unos niveles óptimos de antioxidantes endógenos y se ha sugerido que éste sería un equilibrio en la relación de la SOD a la suma de la catalasa y la glutation peroxidasa { SOD/CAT + G peroxidasa}  que se relaciona con el estrés oxidativo más que los niveles absolutos de cualquiera de los tres (de Haan et al., 1995). En este sentido una amplia revisión de la literatura científica al respecto de la bondad de la suplementación nutricional de antioxidantes ha mostrado que aunque los efectos son beneficiosos en determinados tipos de patologías, son necesarios más estudios para determinar las cantidades óptimas de micronutrientes y las dosis requeridas (Berger, 2005). El único estudio que existe sobre la suplementación de antioxidantes y sus efectos es el realizado para el análisis de la patología de retina en personas mayores (Age-related Eye Disease Study, AREDS) que ha mostrado el efecto beneficioso de esta administración (antioxidantes y zinc) en la reducción de dicha patología, fundamentalmente la degeneración macular asociada a la edad (Schmidt-Erfurth, 2005). De forma contraria a la creencia popular, una elevada ingestión de antioxidantes externos (vitaminas, etc.) no correlaciona con mayores niveles de detoxificación de RLO. El elevado aporte exógeno de antioxidantes suprime la producción y la acción defensiva ya que altas dosis de antioxidantes (Se, Vit. C y a-tocoferol) pueden tener efecto pro-oxidante (Vicenti et al., 2001).

 

11.12  Recomendaciones nutricionales para una dieta sana 

Diversos antropobiólogos han señalado el hecho de que las dietas humanas han cambiado drásticamente durante los últimos años en comparación con la que se tenía desde el Pleistoceno. En la actualidad, al menos en los países desarrollados se ha producido un incremento en el aporte de calorías fundamentalmente provenientes de las grasas. Esto ha originado el denominado síndrome X o metabólico (obesidad, hiperlipemia, hiperglucemia e hipertensión arterial).

Como hemos citado al inicio de este capítulo, Hipócrates, padre de la medicina, hace 2500 años señaló la importancia de la alimentación en el mantenimiento y recuperación de la salud. Más recientemente Cervantes por boca de su afamado Hidalgo nos recuerda que “la salud se fragua en la oficina del estómago”. Con estas citas queremos resaltar la importancia que a lo largo de la historia se ha dado a la dieta con relación a la salud, a pesar de que los conocimientos de nutrición han estado más bien basados en creencias populares que en hechos científicos. El enfoque actual del conocimiento nutricional se basa en que “la nutrición es una ciencia” y no un estado de opinión al alcance de cualquiera que, aún sin conocimientos científicos, puede opinar y de hecho opina. Hay que aprovechar las enormes posibilidades de difusión del conocimiento que, con base científica, tenemos en este momento a nuestro alcance y además hacerlo de forma racional. Debemos realizar una lectura crítica, científica y metodológica, de los trabajos publicados, así como utilizar filtros de conocimiento adecuados al nivel de información que deseamos obtener y también transmitir.

 

11.12.1  Alimentación equilibrada

Comenzaremos recomendando una alimentación equilibrada que es aquella que permite al individuo el mantenimiento de un estado de salud óptimo, a la vez que le facilita la realización de las distintas actividades de su vida: trabajo, ocio, ejercicio, etc. Se caracteriza por contener todos los nutrientes en cantidad y calidad adecuada, aportar suficiente cantidad de energía para las funciones vitales y asegurar el desarrollo del organismo. Deberá contener elementos formadores para el recambio y el crecimiento de las distintas estructuras biológicas y aportar las sustancias reguladoras que controlan las diferentes fases del metabolismo. Finalmente, todas las sustancias deben guardar una adecuada proporción entre ellas para su mejor utilización. Recordar que no hay alimentos malos, sino utilizados en cantidades y proporciones inadecuadas.

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Fuente: Sociedad española de Nutrición Comunitaria 2001.

Figura 4. Pirámide de la alimentación saludable para la población anciana (de 70 y más años).

 

Generalmente hablamos más de recomendaciones o ingesta recomendada que de necesidades nutricionales, que son las cantidades de todos y cada uno de los nutrientes que cada persona necesita para la salud óptima. Son pues, individuales y se dan unas pautas generales adaptadas a las diferentes situaciones fisiológicas: sexo, edad, peso, enfermedades, etc. No conocemos las cantidades exactas de los nutrientes necesarios, por lo que se recomiendan las cantidades que cubren las de la mayoría de la población (dos desviaciones típicas de la curva de Gauss).

Como ya hemos comentado anteriormente una alimentación correcta desde la infancia puede evitar un 30% de las enfermedades cardiovasculares y un 35% de las neoplasias. Por estos motivos crear un correcto hábito alimentario, aunque difícil, es de capital importancia por la repercusión en la mejora del estado de salud que genera en la población. Por otra parte una serie de factores deterioran nuestra calidad de vida, entre ellos: la vida sedentaria, no dormir lo suficiente, el tabaquismo, la dieta inadecuada y el abuso del alcohol. Decimos abuso del alcohol, pues se ha demostrado que el consumo moderado, sobre todo de vino tinto, mejora ciertas actividades fisiológicas. Los estudios realizados hasta la fecha indican que los bebedores moderados de vino (1-2 vasos de los llamados de vino al día) tenían menor riesgo de sufrir accidentes cerebro-vasculares (ictus) cuando se comparaban con aquellas personas que no bebían ningún tipo de alcohol o las que beben alcoholes procedentes de otros destilados. El vino contiene diversas moléculas (flavonoides) que actúan en la eliminación de radicales libres de oxígeno (Flood y Carr, 2004). Seguidamente presentamos una serie de recomendaciones relacionadas con la comida y que nos acercan a una alimentación equilibrada:

  • Es preciso comer una gran variedad de alimentos, pero no una gran cantidad.
  • Evitar el exceso de grasas de origen animal (los alimentos proteicos las contienen de forma no visible).
  • Es mejor inclinarse por el pescado, incluido el azul, que no tiene grasas saturadas.
  • Comer suficientes alimentos que contengan hidratos de carbono complejos, fibra, vitaminas y minerales. Esto lo aportan las frutas, verduras, legumbres, harinas y féculas.
  • Limitar el consumo de azúcares: la leche y fruta ya la contienen.
  • Beber vino con mucha moderación. ¡Nunca los niños!, y suprimir el resto de bebidas alcohólicas.

Todo esto sería el equivalente a la dieta mediterránea (verdura, legumbres, fruta, cereales y pescado, grasas no saturadas –aceite de oliva–, poca carne y un poquito de vino), que ya ha mostrado sus bondades para prevenir las enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de neoplasias.

 

11.12.2  Cantidades a comer

Es importante fijarse en las cantidades que se ingieren por la repercusión que tiene en el aporte calórico (Tabla 6). Dos galletas tipo María suponen 150 calorías, sólo aportan carbohidratos y se comen en poco tiempo. En cambio, un melocotón tiene unas 40 calorías, aporta carbohidratos, vitaminas, minerales y agua y lleva más tiempo comerlo. El agua debe considerarse como la bebida prioritaria y debe beberse 1,5 litros al día.

Además de una dieta equilibrada y mesurada (las calorías apropiadas), la actividad física adecuada a las necesidades personales; desde el paseo vivo hasta el ejercicio físico gimnástico diario es fundamental. La vida “moderna” hace que el nivel de ejercicio disminuya y con ello la utilización de la energía almacenada en el organismo (se reduce la utilización de calorías y se almacena grasa). La vida se ha hecho más sedentaria, lo que hace que la actividad física tan necesaria y beneficiosa esté muy reducida. De ahí la preocupación sanitaria por el notable incremento del sobrepeso y la obesidad que en nuestra sociedad empiezan a alcanzar niveles de alarma sanitaria. Quizá le quede más claro al lector tras saber que para quemar las 150 calorías que contienen las dos galletas ingeridas en el párrafo anterior, debe caminar más de una hora. No lo olvide el lector: el ejercicio es fundamental para la salud.

En apenas diez años los hábitos en la alimentación han cambiado de forma notable (probablemente a peor sobre todo en la etapa de adolescencia) lo que puede tener unos efectos devastadores en la calidad de vida de estas cohortes de población cuando inicien la senectud. Este aspecto adquiere gran relevancia si entendemos que el envejecimiento se “prepara” desde edades muy tempranas. Actualmente los niños están entrando en una transición dietética que representa sin duda una ingesta inadecuada, falta de ejercicio y tendencia a una obesidad creciente. La población infantil afectada por este trastorno se ha triplicado en los últimos 15 años y el porcentaje de niños obesos entre 6-12 años ha pasado de un 5% a un 16%. Con estas cifras, nuestro país se sitúa en el segundo lugar dentro de la UE, tras el Reino Unido, en el ranking de obesidad infantil.

A causa de esta tendencia las autoridades sanitarias (Ministerio de Sanidad y Consumo, 2005) han iniciado el programa NAOS (Estrategia para la nutrición, actividad física y prevención de la obesidad), que tiene como finalidad mejorar los hábitos alimentarios e impulsar la práctica regular de la actividad física de todos los ciudadanos, poniendo especial atención en la prevención durante la etapa infantil. Está demostrada la alta probabilidad de que un niño obeso sea en el futuro un adulto obeso y posteriormente un viejo con alta morbilidad. En España, actualmente, uno de cada dos adultos (50%) tiene sobrepeso con las consecuencias negativas que para el proceso de envejecimiento tiene la obesidad. También las administraciones regionales y locales comienzan a establecer programas preventivos, de extraordinaria importancia.

 

11.13  Consideraciones finales 

La genética determina parte de la longevidad, las abuelas de la izquierda de la Figura 5 son un ejemplo, aunque de una forma menos determinante de lo que se pensaba. Probablemente el mejor modo de asegurarse una mayor longevidad y de mejor calidad sea el consejo que nos da la abuela de la imagen. Esta anciana ha realizado ejercicio (vida físicamente activa), ha tenido una dieta baja en calorías y ha realizado mucha actividad mental que son, de momento, los mejores tratamientos para asegurar una longevidad saludable.

 

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Figura 5. Dos ejemplos de longevidad. Las hermanas gemelas de la izquierda han tenido una carga genética igual y su ambiente ha sido similar. Por otra parte la anciana de la derecha nos “regala” el secreto para vivir de forma saludable muchos años.

 

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Última modificación: viernes, 13 de abril de 2018, 14:29