5.4 Los distintos tipos de desiertos

En el epígrafe anterior se ilustra la diversidad que puede existir en un único desierto tomando como referencia lo que ocurre en el más representativo de todos: el Sahara (palabra que en lengua árabe significa, simplemente, “desierto”). 

Sin embargo, tal como se ha comentado al principio del capítulo, existen regiones áridas y desiertos distribuidos por toda la tierra y, aunque las características generales de todos ellos son las mismas, cada tipo de desierto presenta sus particularidades.

No es posible describir de forma individualizada las características de todos los desiertos del mundo. Sin embargo, no se deben ignorar los rasgos generales de sus principales tipos.

 

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Pese a los estereotipos habituales, los paisajes desérticos son muy variados y es muy difícil generalizar a partir de lo que se observa en uno de ellos. Frente a algunos entornos hiperáridos prácticamente carentes de vida, existen otros con una notable riqueza biológica y de gran interés para la conservación.   

Foto: desierto de Kalahari (Botswana).

 

 

5.4.1 Los desiertos tropicales y subtropicales

Se explican por la presencia de situaciones anticiclónicas a lo largo de todo el año y forman sendas franjas en las áreas continentales de ambos hemisferios. A este grupo pertenecen el Sahara, que con sus cerca de 10x106 km2 es el más extenso del mundo, el Sirio-Arábigo, prolongación asiática del anterior, los del Thar y de Kalahari o parte del australiano. 

En dirección hacia el Ecuador las precipitaciones son estivales y su vegetación adquiere “rasgos tropicales” mientras que en su extremo opuesto las lluvias son invernales y la vegetación se aproxima a la de los climas mediterráneos.

Las características esenciales de estos desiertos son las que han sido descritas más arriba.

 

 

5.4.2 Los desiertos continentales de latitudes medias

Ocupan amplias extensiones en el centro de Asia desde Mongolia y China (Gobi, Taklamakán) hasta Turkmenistán y las orillas del Mar Caspio (Karakum) enlazando con los tropicales a través de una franja árida de transición (desiertos de Irán-Irak y Siria). También a este tipo pertenecen amplias zonas áridas del Oeste de los EEUU y de Australia aunque sus continentalidad es menos marcada.

Los desiertos continentales asiáticos se caracterizan por presentar lluvias estivales y una amplitud térmica muy fuerte. Los veranos son cálidos (medias mensuales próximas a 25º) pero los inviernos, que quedan bajo el dominio del anticiclón siberiano, son secos y muy rigurosos con temperaturas permanentemente negativas durante varios meses.

 

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Los Tamarix toleran bien la sal y forman poblamientos semiforestales sobre los suelos salinos del centro de Asia. Producen una secreción dulce que la tradición asocia al maná citado en la Biblia y que es explotada por la población lo que ha contribuido a su conservación.     

Foto: Tamarix meyeri, desierto de Karakum (Turkmenistan).

 

Salvo en algunas zonas hiperáridas o cubiertas por campos dunares, las lluvias estivales permiten la existencia de una vegetación difusa dominada por Artemisia spp que forma pequeños matorrales de 30 cm de altura separados entre sí por suelo desnudo. Además aparecen algunos Ranunculus spp y plantas geófitas como los tulipanes (Tulipa spp) que pueden desarrollar sus ciclos anuales en muy poco tiempo gracias a las reservas contenidas en sus bulbos. 

En los enclaves favorables de las regiones más meridionales aparecen además dos arbolillos altamente especializados que pueden llegar a formar masas continuas semiforestales: Tamarix spp y saxaul (Haloxylon ammodendron). El primero es halófilo mientras que el segundo, muy peculiar, se instala sobre sustratos arenosos. Puede alcanzar 5 a 10 metros de altura y carece de hojas (por lo que no da sombra) desarrollando la fotosíntesis en sus abundantes ramillas verdes. Considerado como “poco útil” pero fuente de madera y de combustible, el saxaul es un árbol gravemente amenazado en la actualidad.

Estos desiertos están atravesados por un buen número de ríos permanentes o semipermanentes que dan lugar a oasis lineales dominados por especies no necesariamente xerófilas: olmos, chopos, sauces y numerosas plantas ribereñas similares a las del resto de las latitudes medias.

 

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El saxaul es un arbolito sin hojas con una corteza esponjosa que se empapa de agua capaz de soportar las condiciones de los desiertos del centro de Asia.

Foto: saxaul, Haloxylon ammodendron, en el desierto de Kizilkum, Uzbekistán.

 

5.4.3 Los desiertos de América del Norte

Pese a compartir o combinar los rasgos climáticos de los dos tipos anteriores, los desiertos que se extienden entre el Sudoeste de EEUU y el centro de México presentan características propias muy originales que justifican su inclusión dentro de un grupo diferente. 

 

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Los desiertos de América del Norte son muy originales por su abundante biomasa y por la complejidad de sus ecosistemas. Fuera de las zonas hiperáridas, su vegetación está dominada por las cactáceas y por plantas arbustivas.

Foto: chollas y sahuaros en Organ Pipe N.P. (Arizona-EEUU).

 

Incluyen algunas zonas hiperáridas prácticamente sin vegetación pero en conjunto, si se exceptúan las acumulaciones salinas y los campos de dunas, su biomasa es bastante importante en comparación con la de los desiertos paleotropicales y constituyen ecosistemas complejos y diversificados.

El más característico y mejor conocido de los desiertos verdaderos de América del Norte (y que puede por ello ser considerado como prototípico) es el de Sonora. Posee una abundante vegetación dominada por el sahuaro (Carnegia gigantea), cactácea capaz de alcanzar 15 metros de altura y vivir hasta 200 años. Muy bien adaptado a la aridez, el sahuaro posee un sistema de raíces superficiales que, 24 horas después de una lluvia, se multiplican y extienden formando una maraña de gran capacidad absorbente. Gracias a ellas, los sahuaros, cuyas flores abren de noche para no exponerse al calor excesivo, pueden almacenar reservas de agua como para vivir durante más de un año sin necesidad de lluvia. 

Junto a grandes yuccas arborescentes como el árbol de Josué (Yucca brevifolia), estas y otras cactáceas originan formaciones relativamente densas (los “bosques de cáctus”) en las que aparecen también numerosas efímeras, matorrales xerofíticos así como plantas esclerófilas e incluso, en los nichos más favorables, algunos arbolitos muy especializados, helechos y líquenes.

 

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Los cactos y yuccas alcanzan grandes dimensiones y proporcionan recursos y cobijo a numerosos animales.

Foto: Yucca schidigera y Y. brevifolia (California y Arizona-EEUU).

 

5.4.4 Los desiertos costeros

Se sitúan en latitudes próximas a los trópicos de las fachadas occidentales de los continentes. En ellos la aridez está motivada porque la diferencia de temperatura entre la superficie del océano y la del continente mantiene una situación de estabilidad que bloquea toda posibilidad de precipitaciones. La persistencia de los anticiclones tropicales y de las corrientes asociadas a ellos, que aportan permanentemente aguas frías a la costa, hace que esta falta de lluvias sea prácticamente continua aunque la elevada tasa de humedad y las frecuentes nieblas mitiguen un tanto la falta de agua. 

Existen desiertos costeros en el Sahara Occidental, Namibia y Australia aunque el más representativo y variado es el de Chile- Perú.

 

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Algunos sectores de los desiertos costeros se encuentran entre los lugares menos lluviosos del mundo a pesar de que la humedad que proporciona la cercanía del mar contribuye a atemperar la atmósfera.

Foto: desierto costero en el área de Mollendo (Perú).

 

El desierto de Chile-Perú es extremadamente árido aunque al ser la costa escarpada y existir relieves muy marcados a poca distancia de ella, la condensación es importante y se forman frecuentes nubes bajas y nieblas (que llegan a ser semipermanentes en ciertos sectores de Perú a partir de los 500 metros de altitud). En cambio, las temperaturas son moderadas en relación con la latitud gracias al fuerte efecto atemperante del mar y de la nubosidad.

Aparecen por ello a lo largo de toda la costa plantas capaces de vivir exclusivamente con el agua procedente de la condensación. Las más ubicuas pertenecen al género Tillandsia, como los claveles de aire, que son fanerógamas con forma de roseta dotadas de hojas escamosas capaces de facilitar la condensación y, luego, de absorber el agua. Estas plantas se disponen sobre la arena o se fijan a cualquier soporte pero las raíces no son absorbentes y su papel se reduce a anclar la planta.

En los lugares más expuestos a la niebla el suelo llega a estar completamente empapado y, aunque las precipitaciones son prácticamente nulas, prospera una pradera en la que incluso crecen especies leñosas (hoy muy residuales o sustituidas por eucaliptos) y densas formaciones de cactáceas recubiertas de líquenes. Se estima que la cantidad de agua que llega al suelo a través de estas “lluvias horizontales” equivale en los lugares más favorables a 600 mm de lluvia “normal”.

Sin embargo, en los valles y posiciones más abrigadas la aridez es extrema hasta el punto de que en algunas zonas del desierto de Atacama es posible que no se haya registrado ninguna precipitación desde hace varios siglos convirtiéndose de este modo en los lugares más secos de la tierra. En tales casos la vida es prácticamente imposible y las únicas manchas significativas de vegetación que se encuentran son las que existen junto a los ríos que drenan el agua de fusión de la nieve o de los glaciares andinos.

 

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Las plantas del género Tillandsia, extendido por toda América, son epífitas que se anclan a cualquier soporte y que absorben el agua que condensa sobre sus hojas lo que les permite acomodarse muy bien a las condiciones de los desiertos costeros.

 

 

 5.4.5 Los desiertos australianos

En Australia no existen desiertos extremos y las áreas verdaderamente áridas, desde un punto de vista climático, son limitadas ya que la mayor parte del territorio recibe precipitaciones comprendidas entre 150 y 400 mm. Sin embargo, dichas precipitaciones son extremadamente irregulares y pueden variar de acuerdo con una proporción de 1 a 10 lo que implica la desaparición de gran parte de la vegetación durante los años más secos. No son, por tanto, los valores medios los que definen los caracteres de la vegetación sino los extremos.

 

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La mayor parte de la superficie de Australia es muy plana y presenta un clima entre árido y semiárido marcado por una fuerte continentalidad. Estas condiciones, junto a una presión humana milenaria, determinan la existencia de ambientes desérticos de una gran originalidad. 

Foto: desierto y Mt Conner (Territorios del Norte-Australia).

 

Por otra parte, la vegetación de todo el “Outback” (interior del país) acusa los efectos de los incendios que las poblaciones autóctonas (y, ahora, los nuevos pobladores) han estado repitiendo periódicamente desde hace miles de años. Estos incendios han tenido por efecto la desaparición de las especies menos tolerantes al fuego favoreciendo en cambio a las pirófitas, que suelen ser también, xerófitas.

El resultado de todo lo anterior es el predominio de una vegetación de carácter subdesértico, que en los sectores más favorables adquiere un aspecto de sabana abierta mientras que en los más adversos puede dar paso a superficies de roca desnuda o incluso dunas. Las especies más características son la mulga (Acacia aneura) y algunos pequeños eucaliptos (Eucalyptus spp), que se combinan con un amplio elenco de arbustos y plantas leñosas. 

Además, en todas partes crece el spinifex (Triodia spp), una herbácea de hojas cortantes y muy duras que alcanza 50 cm de altura originando masas muy tupidas que impiden el paso a personas y animales. Como es extremadamente combustible (se dice que el calor de un tubo de escape basta para generar un incendio), los aborígenes intentan eliminarla con sus incendios pero, paradójicamente, estos la favorecen ya que se trata de una planta pirófita que aprovecha el fuego en su competencia con las demás especies.  

 

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La vegetación dominante en los desiertos australianos está compuesta por arbustos (acacia, Eucalyptus...) y spinifex, una hierba que tapiza rápidamente el suelo dificultando la presencia de otras plantas. 

Foto: vegetación en el área de Ulurú (Australia).

 

 

5.4.6 Los desiertos fríos subpolares y de montaña

Existe un último grupo de desiertos que se caracteriza porque a la escasez de agua se unen los efectos de las bajas temperaturas y, en ocasiones, del viento. Pueden situarse o bien en zonas de gran altitud (Tibet, altiplanos andinos) o bien en regiones secas de altas latitudes (Patagonia, algunas áreas de la periferia del Ártico...)

 

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Algunas mesetas situadas a gran altitud a sotavento de los vientos portadores de lluvia presentan características de desierto frío. Además del estrés causado por la aridez, los seres vivos tienen que superar en ellas los inconvenientes del frío, con amplitudes diurnas extremas, y de la altutud.

Foto: altiplano de Tarija (Bolivia).

 

En estos desiertos las plantas y animales tienen que enfrentarse no solo a los factores de estrés propios de las regiones áridas sino también a los de las frías por lo que, en los casos más extremos, muy pocas especies son capaces de sobrevivir en ellos y la vegetación se reduce a líquenes y plantas diminutas que pasan desapercibidas en el paisaje. No obstante, pese a su inequívoco carácter desértico, estas áreas pertenecen a las regiones frías y serán descritas dentro de ellas.     

 

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En la Patagonia argentina el efecto desecante del continuo viento acentúa los efectos del frío y de la aridez contribuyendo a la presencia de ambientes desérticos originales.

Foto: desierto patagónico en la provincia de Santa Cruz (Argentina).

Last modified: Tuesday, 18 July 2017, 12:40 PM