1. Tema 3 - Práctica 3

Comentario del siguiente texto de Heródoto. Búsqueda de información sobre el gobierno de los Baquíadas en Corinto.

 

La tiranía de los Cipsélidas en Corinto
Esto fue lo que dijeron los lacedemonios; sin embargo, la mayoría de los aliados no acogió favorablemente sus palabras. En ese sentido, mientras que los demás permanecían en silencio, el corintio Socles se expresó en los siguientes términos: A buen seguro que el cielo va a quedar bajo la tierra, y la tierra por el aire, sobre el cielo; y, por su parte, los hombres instalarán su residencia en el mar y los peces donde antaño moraban los hombres, puesto que sois precisamente vosotros, lacedemonios, quienes estáis dispuestos a abolir regímenes políticos igualitarios y a restablecer en las ciudades tiranías, la cosa más injusta y sanguinaria que existe entre el género humano. Pues si resulta que este régimen político, -es decir, que las ciudades sean regidas por tiranos-, os parece verdaderamente idóneo, comenzad vosotros por imponer un tirano en vuestra propia patria y, sólo así, podréis tratar de imponérselo a los demás. Pero lo cierto es que vosotros, que desconocéis lo que es un tirano y que estáis celosamente en guardia para evitar que dicho régimen llegue a darse en Esparta, no os preocupáis de que afecte a vuestros aliados. Ahora bien, si supierais, como nosotros, lo que es la tiranía, podríais opinar sobre el particular con mayor conocimiento de causa que ahora.
En efecto, el régimen político que tenían los corintios era, concretamente, una oligarquía, cuyos integrantes, llamados Baquíadas, gobernaban la ciudad y concertaban los matrimonios de sus hijas, y los suyos propios, en el ámbito de su familia. Pues bien, Anfión, que era un miembro de dicho clan, tuvo una hija coja, cuyo nombre era Labda. Como ningún Baquíada quería casarse con ella, la desposó Eetión, hijo de Equécrates, que era natural del demo de Petra, si bien, por sus antepasados, era Lapita y descendía de Ceneo. Eetión no tenía hijos de dicha mujer ni de ninguna otra, por lo que se fue a Delfos para preguntar si tendría descendencia. Y, nada más entrar en el templo, la Pitia se dirigió a él con los siguientes versos:
Eetión, nadie te estima, pese a que acreedor a estimación eres. Labda está encinta y parirá un peñasco, que caerá sobre los déspotas y hará justicia en Corinto.
Esta profecía que el oráculo vaticinó a Eetión llegó, fuera como fuese, a conocimiento de los Baquíadas, que no habían podido interpretar el vaticinio dirigido tiempo atrás a Corinto; un vaticinio de sentido análogo al recibido por Eetión, y que rezaba como sigue:
Preñada está un águila entre roquedales, y parirá un león formidable y sanguinario, que segará muchas vidas. Tened, pues, esto bien en cuenta, corintios, que habitáis cabe a la hermosa Pirene y a la escarpada Corinto.
Este oráculo, que los Baquíadas habían recibido tiempo atrás, permanecía, digo, sin descifrar; pero, en aquellos momentos, cuando se enteraron del que había recibido Eetión, de paso comprendieron inmediatamente el primer vaticinio, dado que presentaba concordancia con el de Eetión. No obstante, pese a haber comprendido, asimismo, su significado, guardaron silencio, con el propósito de suprimir al hijo que iba a tener Eetión. Y, en cuanto su mujer dio a luz, enviaron al demo en que residía Eetión a diez de los suyos para que mataran a la criatura.
Cuando dichos sujetos llegaron a Petra, entraron en la casa de Eetión y solicitaron ver al niño. Entonces Labda, que no tenía idea del objeto su visita y que creía que solicitaban verlo por deferencia hacia el padre, trajo al pequeño y lo puso en brazos de uno de ellos.
(Lo cierto es que, de camino, dichos individuos habían decidido que el primero de ellos que cogiera al niño lo estrellaría contra el suelo.)
Pues bien, cuando Labda, después de tener a su hijo, se lo hubo entregado, por un milagroso azar el niño sonrió al sujeto que lo había cogido; y, al percatarse de ello, un sentimiento de piedad le impidió matarlo. Entonces se lo pasó, conmovido, a uno de sus compañeros, éste a un tercero, y así, de uno en uno, la criatura pasó sucesivamente por las manos de todos ellos -los diez cómplices-, sin que ninguno se prestase a acabar con su vida. Por consiguiente, le devolvieron el niño a la madre y salieron de la casa. No obstante, parados junto a la puerta, se enzarzaron en mutuos reproches y sobre todo culpaban al primero que había cogido al pequeño, por no haber actuado según lo convenido; hasta que, por fin, al cabo de un rato, decidieron entrar de nuevo y perpetrar el asesinato solidariamente.

Pero el destino quería que la descendencia de Eetión fuera un germen de desgracias para Corinto. Efectivamente, Labda, pegada a la puerta, lo estaba escuchando todo; y, ante el temor de que cambiasen de opinión y de que volvieran a coger al niño para matarlo, se lo llevó, ocultándolo en el escondrijo que, a su juicio, era el más inverosímil -en una jarra-, ya que tenía la certeza de que, si regresaban y se ponían a buscar, iban a registrarlo todo; que fue lo que en realidad sucedió. Los diez sujetos entraron en la casa y empezaron a buscar al pequeño; pero, como no aparecía, decidieron marcharse y comunicar a quienes les habían enviado que habían cumplido fielmente sus órdenes; así que se fueron y eso fue lo que manifestaron.

Entretanto, con el paso del tiempo, el hijo de Eetión fue creciendo; y, como había escapado al citado peligro gracias a la jarra, para llamarlo se le impuso el nombre de Cípselo. Pues bien, cuando se hizo un hombre, Cípselo, que se hallaba en Delfos formulando una consulta, recibió un oráculo sumamente favorable, por lo que, depositando su confianza en él, se lanzó sobre Corinto y se apoderó de la ciudad. Por cierto que el contenido del oráculo fue el siguiente:

Dichosa esa persona que bajando está a mi morada, Cípselo, hijo de Eetión, soberano de la gloriosa Corinto tanto él como sus hijos, pero ya no los hijos de sus hijos.»

Esa fue, en suma, la afirmación del oráculo. Y, una vez erigido en tirano, he aquí la clase de hombre que fue Cípselo: desterró a muchos corintios, a otros muchos los privó de sus bienes, y a un número sensiblemente superior de la vida.

Cípselo ejerció el poder por espacio de treinta años y su vida fue afortunada hasta el final, sucediéndole en la tiranía su hijo Periandro. Pues bien, al principio Periandro se mostró más benévolo que su padre; pero, desde el momento en que, por medio de mensajeros, entró en contacto con Trasibulo, el tirano de Mileto, se volvió mucho más sanguinario, si cabe, que Cípselo.

Heródoto, Historia, 5, 92

[Traducción de Carlos Schrader, Editorial Gredos, Madrid, 1981]